lunes, 8 de agosto de 2011

The Book of Writers, de Elvio E. Gandolfo

The Book of Writers consta de una “Nota inicial”, siete narraciones protagonizadas por escritores y una “Nota final”. En la “Nota inicial” el lector se entera de que las narraciones incluidas en el libro fueron escritas entre quince y dieciocho años atrás y eran parte de un proyecto ambicioso y complejo “relacionado con escritores y escritoras” que luego el autor abandonó. Las historias que se presentan a continuación son parte de los restos de ese proyecto.



Elvio E. Gandolfo: The Book of Writers.
Caballo Negro Editora, 2010. Relatos.



En el primer relato, “Fallado”, el narrador cuenta la historia de un escritor al que conoció. Eran compañeros de trabajo y tenían conversaciones esporádicas. El narrador lee los primeros poemas que publica el otro, luego sus cuentos, algunos incluso antes de ser publicados. Parece que se trata de la historia de la formación de un vínculo entre dos colegas. Sin embargo notamos, sobreimpuesto a este argumento, que lo que se cuenta son las razones por las cuales la carrera literaria de este escritor joven no llega a ser lo que prometía. Si desde el principio el tono de la “Nota inicial” nos tienta a leer las historias como anécdotas personales y también a intentar identificar a los escritores que irán apareciendo, al final de cada historia el interés del lector queda ceñido a algo más general. El narrador de “Fallado” le desea a este muchacho cuya trayectoria describe una vida “sin demasiados conflictos graves, con su cuota de gratificación”, pero tiene la incómoda impresión de que el otro tiene una “falla” fundamental. ¿Qué le falta para llegar? En sus gestos, en su mirada, en el atuendo, en la tendencia al derroche de lenguaje del joven escritor el narrador de la historia encuentra la clave: percibe estos detalles como el encubrimiento de una carencia de algo “inclasificable”, “el reflejo de su propia falta de apoyo en el mundo”.


En “Acto de desaparición”, se cuenta la trayectoria del Zorro, un escritor entrerriano con el cual el narrador (que es siempre el mismo, salvo tal vez en “Traidores”) se cruza a lo largo de los años. Como en el caso de “Fallado”, también se trata de una trayectoria, sólo que a diferencia del otro escritor, el Zorro es un autor de gran talento que ha gozada del reconocimiento de muchos colegas, entre ellos el narrador, que lo admira incondicionalmente como escritor. Pero el Zorro también tiene una “falla”. En su caso, es una tendencia irremediable a la agresividad, que es figurada con la imagen del “soplete”. El Zorro aplica con su verba agresiva un soplete sobre los demás, los esquilma con su lengua, les aplica la brasa de su ponzoña y por eso termina quedándose solo. En una ocasión en que se reunió con el narrador, el Zorro “se dedicó […] a agredir con extrema minucia a una serie de personas y en especial escritores que conocíamos, como si el soplete fuera lo único que pudiera manejar por entonces”. Sin embargo hubo un grupo de escritores que lo ayudó; lo apreciaban, lo admiraban y por eso también editaron sus libros y le dieron espacio en las revistas. Sin embargo, pese a que lo “defendieron”, estos gestos lo hundieron aún más, lo empujaron hacia la desaparición. Según el narrador, esto fue así porque este grupo resultaba antipático. “No eran simpáticos, en ningún plano, no tengo otro modo de explicarlo”, dice. “Aún así de todos modos cada uno de ellos logró, a su manera, trascender más que el Zorro. No por oportunismo ni por adecuarse a las reglas del así llamado sistema, sino porque trabajaban mucho, eran ordenados, bastante prolijos, y mucho menos cercanos, en su vida personal, diaria, a un soplete que buscaba ajustar la llama y quemar”. De esta manera se van perfilando las claves y el eje de este libro. De lo que se trata es de contar historias de escritores que Gandolfo conoció y trató porque en ellas se cifran algunas claves de la dinámica de eso que llamamos sistema o campo o mundillo literario. “La literatura como cuerpo organizado de gente dedicada a un mismo oficio, como espacio y red de chismes, rencillas, opiniones y comparaciones de calidades y de cantidades”. La historia de alguien que no llega, la historia de alguien talentosísimo que “desaparece”, las historias de los amigos del Zorro que lograron “trascender” y la del personaje de “El juguete roto” cuya “repercusión” aumenta tanto que lo contratan de una universidad extranjera donde gana plata y se mueve a otro nivel, todo esto debe leerse como un comentario indirecto de los valores, deseos y tipos de actores del mundo literario.


En la “Nota final” el autor comenta que su libro tiene como “inalcanzable modelo” un relato de Henry James (“La humillación de los Northrope”) el cual “puede ser leído como un comentario finísimo pero no por ello menos cruel sobre aspectos de la vida cultural londinense del siglo pasado y de cualquier otro lugar y tiempo”. Simétricamente, entonces, hay que leer estas historias como un comentario sobre el mundo literario en el que el autor se mueve, aunque también se trata de algo más abstracto, más general y universal si se quiere. Encuentro un modo torpe y manido de decirlo: es como si el libro de Gandolfo sirviera para explicarle a un marciano o una tía que es contadora pública qué significa dedicarse a la literatura, qué quiere un escritor, que perfil psicológico, que moral impone este oficio.


Por lo que se deduce de las historias mencionadas hasta ahora, de lo que se trata es “trascender”, de hacerse “conocido”, de aumentar la “repercusión” y de tener una cuota de “gratificación” por los esfuerzos hechos. Para un escritor, la cuestión pasa por ser alguien, por existir en ese campo específico, por tener el reconocimiento de los pares. Para el que lo ve de afuera esto seguramente resulta incomprensible; no se trata de fama, ni de dinero sino de que un grupo muy reducido de personas (los colegas que se dedican a lo mismo y algunos lectores calificados) te estimen como escritor, te lean y te respeten. En el relato “Altiva”, una dama aristocrática y viuda del gran Maestro de la literatura argentina padece justamente la falta de esto que todo escritor persigue. En un encuentro con otros autores ella lee una ponencia en la que pide que “nos queramos un poco más”, y traduce el narrador: “ella quería en realidad que durante un tiempo prudencial, que no modificara sus trayectos y conductas de todos los días, una serie no muy grande de colegas, de, por así llamarles, escritores, le hicieran saber que la respetan, que la leen, que discutieran con ella secretos del oficio, y después que la dejaran en paz, altiva, sola”. Pero no lo hacen, no le dan bola. Ella podrá ser la viuda del Maestro, podrá tener los derechos de su obra, podrá tener toda la plata, el refinamiento que quiera pero no es admitida como colega entre ese “rebaño por lo general mal vestido y un poco encorvado o difuso de hombres y mujeres de clase media, salpicado por algunas pocas histéricas mejor ubicadas, magra competencia”. El escritor quiere obtener eso que Bourdieu llamó capital simbólico, lucha (lo sepa o no, lo reconozca o no) para conseguirlo y tiene “competencia” (magra o de peso). La altiva no es una competidora de peso, no entendió cómo funciona el sistema, no aprendió a aceptar los “precios y las recompensas”. Las “histéricas” tampoco lo son; el fallado, el que carece de un sedimento existencial sólido, no puede llegar, se lo tragará la locura y quedará boyando “en las aguas sociales” durante años; el Zorro tiene todo para llegar, es más, llega, pero cae y “desaparece”: “Porque como es lógico alguien que se escurre así, tan ladinamente por un lado, y tan certero para herir por el otro, termina siendo poco a poco no agredido a su vez, no castigado, no enfrentado, sino evitado, aislado, empujado por nadie, por el viento, por algo todavía más etéreo pero poderoso aún que el viento”. En cambio los que trabajan, lo que son ordenados y prolijos, obtienen más rédito que el Zorro, aun cuando no tienen su talento literario. También tiene éxito el personaje de “El juguete roto”, uno de los relatos más destacados del libro.


En “El juguete roto” se cuenta la historia de una amistad que no pudo ser entre el narrador y “Fulano”. Dos tipos que tienen más o menos la misma edad, que se han leído y se admiran, que se encuentran cada tanto en una librería y cruzan un par de palabras con el librero que propicia esa amistad. Al final toman un café, charlan, el narrador se asombra de la precisión con la que el otro habla de detalles técnicos del oficio que comparten, parece que lo único que puede suceder es que terminen haciéndose amigos. En un punto la habilidad narrativa de Gandolfo hace que la escena de los dos tipos conversando en un bar resulte tan intrigante como un thriller. En un momento aparece mencionado el Zorro, descripto como “un tipo realmente torturado” por Fulano. Y la clave del temperamento de Fulano se le revela al narrador gracias a su agudeza y al aporte de “Fabián”, quien asocia cierto doblez y cierto maquiavelismo de Fulano con el hecho de que no escriba poesía, de que no “se suelte”, de que no enfrente y exponga sus incertidumbres. Entonces el afecto, la amistad, ese don tan precioso y escaso, no le es concedido a Fulano, o, mejor dicho, no crece entre ambos, porque el ansia de control y de dominio sobre todo que ostenta Fulano transforma en un páramo el terreno compartido.


Además de este tipo de escritor calculador, hay dos especímenes más en el libro. En “Traidores”, un texto breve y ambiguo, se ofrece una caracterización y clasificación de los tipos de traidores y traidoras: “puede ser algún hombre delgado y cejijunto, pero de extraordinaria bondad, que vive al borde de la pobreza absoluta”, o “algún traidor famoso, resonante…”. “Menos patéticos, más respetables, son los intentos mismos de teorizar la esencia misma de la traición, en especial si quien lo hace es a su vez un traidor”. Este relato resulta singular porque en todos los demás no nos cuesta asociar al narrador o, en los relatos en tercera persona, a uno de los dos protagonistas, con el propio Gandolfo. Primero por las señas particulares de este narrador-personaje, y segundo porque en la nota final se nos avisa que, aunque se han borrado ciertas marcas, los relatos tienen un apoyo en la realidad. En “Traidores” se narra una escena que sucede en un cuarto en el que hay una mujer que es una traidora y se afana en cumplir con su tarea mientras alguien la describe y hace esfuerzos por “teorizar la esencia misma de la traición”, dando a entender que él mismo es un traidor. No resulta verosímil que este personaje que se autodefine como un traidor sea el mismo narrador de los otros relatos. Cierto aire bonachón, generoso, optimista y sincero reaparece una y otra vez en los otros relatos ligados al narrador; en este, en cambio, se adoptaría la perspectiva del mal, exhibida repentinamente en el desenlace.


“Repetición en falso” y “La distancia” son relatos en los que aparece el tema de la pareja de escritores. En el primero, una mujer que quiere escribir se comunica telefónicamente con un escritor experimentado para pedirle que le enseñe su arte. De ese pedido surge un encuentro personal, pero desde el inicio el escritor rechaza el rol de maestro y la cosa pasa a un plano de igualdad, y en ese plano se abre la posibilidad de una relación de pareja. Aquí la escritura es un interés común, la excusa del destino para juntarlos. En “La distancia” se relata el comienzo de una relación entre un escritor y una mujer que no escribe pero que ha leído mucho. Al poco tiempo ella comienza a escribir, él lee sus originales, la admira. Aparece el fantasma de la envidia (“yegua, yegua, nunca escribí así”), también la escritura como espacio de aparición de los espectros del pasado, aparece el goce puro que produce la lectura de una escritora admirada, el hecho inevitable del reconocimiento del valor artístico más allá de sentimientos y pasiones personales.


|
Coda


Leí The Books of Writers el año pasado, apenas salió, y desde entonces se me viene a la cabeza por uno u otro motivo. Muchas veces al leer o escuchar las declaraciones de un escritor, otras al presenciar o leer acerca de alguna rencilla de mayor o menor alcance, a veces también a la hora de examinar mis propias cavilaciones frente a algún hecho relacionado con la literatura. ¿Qué es ser un escritor? ¿Qué tipo de cosas se espera que haga un escritor? ¿Tiene que hablar de los demás, tiene que hacer alianzas, tiene que criticar, denostar, desmerecer a los colegas si quiere ser alguien? ¿Se llega a serlo solo siendo calculador, interesado, astuto?

En estos meses encontré decenas de textos y situaciones que me remitían a “aquello que estaba planteado en el libro de Gandolfo”. Prefiero mencionar un par de textos en vez de situaciones o personas, por ejemplo el cuento “Un solitario”, de Sara Gallardo. Allí un poeta recae en un bar que solía frecuentar pensando que nadie le ha prestado atención jamás: “Se creía invisible y, en caso de conocido, detestado [por los parroquianos del bar]. Era un error, basado en la legión de enemigos que acezaban contra él entre las sombras de lo literario. Mas una cosa son los pasillos de una especialidad y otra el ancho mundo”. Muchos de los cuentos de Roberto Bolaño se me presentaron como variaciones y comentarios aislados de un asunto que Gandolfo ha sabido transformar en el tema exclusivo de su libro, por ejemplo “Sensini”, “Una aventura literaria” y “Enrique Marín”. En este último, por ejemplo, leemos: “Un poeta lo puede soportar todo. […] El […] enunciado es cierto, pero conduce a la ruina, a la locura, a la muerte”.


Ser escritor, parece, es más que escribir (bien o mal, mucho o poco). Es constitutivo del oficio del escritor la idea de competencia, de contienda, la presencia de enemigos como un vasto coro de sombras que acecha y la posibilidad de sucumbir (volverse loco, suicidarse, quedar aislado). Por eso serían necesarias las alianzas, las ayudas estratégicas para vencer, los contactos, los pactos espurios, las traiciones, las mezquindades. Todo indica que no hay espacio para la ingenuidad, para el candor ni para la debilidad. Te comen crudo, te liquidan, sería la idea. Me impresionó mucho escucharle decir a Bolaño en una entrevista que le hicieron poco antes de morir que su deseo era que su hijo se apartase de la literatura. “Yo no sé cómo no se dan cuenta, es un mundo terrible”, subrayaba.


En el cuento de Sara Gallardo que cité hay una frase que dice: “Hay gente de diversas clases. Cavadores, trepadores, soñadores”. Me quedó grabada y quería encontrar la ocasión de copiarla a propósito del libro de Gandolfo. Pienso que el gesto de ligar su Book of Writers al relato de Henry James (de infiltrarnos el deseo de ir a buscarlo) es muy significativo: ese relato dice que los espíritus delicados triunfan al final, cuando las tretas de los que están hoy en las tapas del diario caen por su propio peso. Si es así, entonces seguramente el acto de desaparición del Zorro no es perfecto y el éxito exagerado de Fulano no se sostendrá indefinidamente. Ya ganará espacio el Zorro, porque tiene talento; ya perderá un poco de centralidad Fulano, porque no es tan bueno. The Book of Writers me hace pensar (pero es una impresión vaga basada en detalles sutiles: el rechazo de la impostura, la capacidad de reírse y perdonar la agresión gratuita del Zorro, las buenas ondas dirigidas a la Altiva, los buenos deseos para el “fallado”) que no vale la pena comportarse como un canalla para obtener triunfos menores porque al final sólo quedan las obras que de verdad importan. Hay valores, sería la (mi) idea del libro: los literarios, que se las arreglan para salir a flote gracias a una ecología propia del sistema que nunca pierde lo que vale la pena; son valores constituidos históricamente, no absolutos, claro está, pero siempre hay un lector que les asegura su perduración a las obras que los poseen, que les dan su página merecida en la historia literaria para dicha de los lectores futuros. Y hay valores… bueno, “no le tengamos miedo a los términos”, como dice Gandolfo, valores éticos, humanos, que son los que hacen posible que la gran mayoría de nosotros, los que vayamos pasando al olvido a medida que nos vayamos muriendo, vivamos en un mundo más o menos tolerable. ¿Acaso no tenemos, a falta de la certeza de un futuro glorioso, la posibilidad de un presente en el que se puedan compartir los dones de la poesía y de la amistad?


PABLO DEMA

(publicado por su gentileza y la de http://www.ellincemiope.com)

miércoles, 3 de agosto de 2011

Con rock no es lo mismo


Esta semana invitamos a Juan Cruz Revello, uno amigo prolífico y generoso, a compartir un nuevo texto para nuestro blog. Ojalá lo disfruten tanto como nosotros.



Con rock no es lo mismo
por Juan Cruz Revello

De repente sintió un cosquilleo tremendo en los pies. Un batallón de bichos con pelos pequeños en las patas (muchas patas) caminando velozmente por el interior del pie derecho. Inconsciente comprime los dedos bien fuerte contra la planta, aguanta unos segundos y los endereza. Así unas cuantas veces, hasta que esos bichos de mierda se van. Y pasan al otro pie. El mismo mecanismo. Mientras, sigue corriendo, quiere alcanzar a alguien o algo, no recuerda bien. Pero sí sabe que estaba a punto de entrar a la disquería cuando el sonido de la música que venía de adentro lo hizo volar hacia atrás como unos diez metros. Con la cabeza rompió la estructura de chapa del kiosco de diarios y revistas, mientras el que atendía le pegaba con un diario del domingo bien fuerte en la panza. Se levantó del piso y no tenía nada, ni un rasguño. Justo los bichos se habían calmado, pero en la rodilla sentía una montaña de piedras haciéndole presión interna. Así se acuerda que empezó a correr y la música lo sigue, esta en todos lados. En la peatonal, en las calles, en las plazas. Se mete en el monumento a la bandera, sube hasta arriba de todo. Tanto en las escaleras como en el ascensor esta la música. Bien fuerte. Baja, cruza la calle y los autos le tocan bocina porque casi lo chocan. Sigue corriendo y otra vez esos bichos de mierda caminando a full por el interior del pie. Contrae y expande los dedos mientras sigue corriendo, para ver si se pueden ir otra vez. Se toca la cabeza, parece que tiene bichos ahí también, o le duele el golpe contra el kiosco de diarios. También se vuelve a tocar la rodilla. La música ya no la escucha. Decide volver a la disquería, y al entrar, otra vez arranca; un poco distinta, pero algo reconocía en las guitarras y las voces. La secuencia no es la misma. Esta vez cae de rodillas en la calle detrás de un volquete para dejar la basura. Tampoco tiene nada, ninguna marca exterior, pero le molestan las piedras en la rodilla. Sigue corriendo, una, dos, tres, cuatro cuadras y de repente no hay nada en ningún lado. Todo es blanco. Todo blanco. Esta sonando mucho el bajo y por detrás, casi tímida entra la guitarra. Reconoce la canción. La escuchó ya muchas veces. Es “War Pigs” de Black Sabbath. No le da miedo ni ahí, Ozzy no lo asusta, más bien le parece un payaso en el sentido más despectivo del término. Ahora están él y Ozzy, frente a frente, y alrededor todo blanco. Le pega una piña fantástica a Ozzy y comienza a sangrar arriba del ojo. Ozzy se toca, mira su propia sangre en su mano y se pone a llorar. Ozzy llora como un nene al que no le quieren comprar algo en el kiosco. Tiene un llanto agudo, infinito, y sin embargo funciona como un arreglo del tema que sigue su curso como si nada estuviese pasando. Ahora para la canción y lo que era blanco se llena de tribunas y de gente enfervorizada que grita ¡¡¡Ozzy!!! ¡¡¡Ozzy!!!. Y Ozzy llora desconsoladamente. Le sigue pegando, cada vez más fuerte, cada vez más, mientras le grita “Ozzy cabrón, grandote y llorón”. Y otra vez los bichos en los pies. Esta vez en los dos al mismo tiempo. Contrae y estira, contrae y estira. Se van, y vuelven las piedras a la rodilla. Siente un fuerte dolor en su cuello y desenrosca el cable. Sigue corriendo, parece que la pelea terminó, volvió la gente a la calle y los árboles tienen color. Frena para cruzar, pasa un colectivo y se cae el disc-man. El ruido lo despierta, se toca la rodilla, intenta caminar y le cuesta, todavía tiene los pies dormidos. Como puede va a la heladera, saca agua bien fría y toma desesperadamente. No le alcanza la botellita de Gatorade de medio litro, y toma otra. Y otra. No las vuelve a llenar, algo que lamentará un rato más tarde. Las deja a las tres abiertas arriba de la mesa. Piensa en la plata que gastó esa noche y que los sueños que se sueñan escuchando rock tendrían que ser interpretados aparte. “Con rock no es lo mismo”, dice en voz baja, apenas si se escucha él. Antes de volver a la cama cambia el cd. Al tercer tema de ‘Kid A’ de Radiohead esta llorando en el medio de una masa de cemento sólo y con frío. Otra vez los bichos. Otra vez la rodilla.

domingo, 31 de julio de 2011

Néstor Perlongher - Parque Lezama (primera edición)


Primera edición de "Parque Lezama", libro de poesía de Néstor Perlongher publicado en 1990 por editorial Sudamericana. ($80)

domingo, 24 de julio de 2011

Louise Glück


Entre las cosas que un librero suele tener suerte de encontrar se hallan, sin duda, las revistas literarias. En ellas suelen aparecer cosas que no se encuentran fácilmente en otros lugares. Esta vez apareció en la revista de Plástica y Poesía "EL JABALÍ" (nº7, Año IV, 1997) una interesante presentación de la poeta norteamericana Louise Glück a cargo de Rolando Costa Picazo más dos traducciones suyas. No hay mucha poesía de Glück disponible en castellano y me pareció que compartir el hallazgo en nuestro blog era una buena idea. Espero no haberme equivocado.




LOUISE GLÜCK



“Al final del sufrimiento había una puerta” - dicen los verson iniciales de El Iris salvaje (The Wild Iris), libro con que Glück ganó el premio Pulitzer en 1992. Enseguida, la puerta se abre y aparece la promesa de un jardín: un niño que juega contra un atardecer, “las primeras lluvias del otoño sacudiendo los lirios blancos”, esculturas del tiempo.

Si el jardín ha sido siempre un espacio alegórico (empezando por el Edén), aquí es además paradigma semántico, a le vez excusa y decorado de una conversación. En él se interroga y reclama, se aprende y reprocha, se comprueba y acepta. Uno de los interlocutores es Dios. El otro, plural y diversamente desposeido, diversamente desesperado: la meteria sensible. El diálogo arroja algunos resultados. Al final, un corazón se yergue, alcanza el pico agudo de sus preguntas.

Louise Glück (nacida en New York en 1943) pertenece a esa generación de mujeres poetas que hoy (1997) rondan los 50 años y que la crítica ha agrupado con la curiosa, pero no impropia, denominación de “poetas líricas”. Jorie Grahan (Hybrids of Plants & of Ghosts, 1980), Tess Gallager (Instructions to the Double, 1976) y Susan Mitchell (The Water inside the Water, 1983) son sus pares; casi todas publicaron su primer libro hacia fines de la década del 70 y, a grandes rasgos, cultivan una poesía más cercana a la plegaria y la innovación que del manifiesto político o la radiografía emocional. Por sedimentación, sin duda, la estética del grupo denota un ahogo menos violento que el de Sylvia Plath o Anne Sexton, y también una rabia menos incisiva, un desacato menos efusivo que el de Adrienne Rich.

Glück, con todo, es singular. Sus poemas eligen la eduidistancia entre la confesión y lo intelectual, ese equilibrio extraño. Ya en los poemas iniciales de Firstborn (1968) que versan sobre la niñez, la vida familiar, el amor y la maternidad, la reflexión y cierto apego formal desarticulan lo biográfico., lo desarman como si quisiera evitar el desamparo engañoso del yo. El iris salvaje, confirma y exacerba la impronta. Su tono es urgente, no busca alzarse sino descender, renunciar a una versión unánime del mundo y también a la tristeza, que es vista como decisión personal. Es un libro escrito para la muerte.

En algún sentido, el dios de este jardín cobra forma. La poeta lo invoca a veces áspera, a veces dulcemente (“dear suffering master”) como a una ciudad a la que se acediara sin demasiada convicción, entre el deseo de dominarla y el (más fuerte) de capitular. Como respuesta, encuentra siempre una mirada de desconsuelo. Esta fatiga o pena divinas no son novedades. En la ciudad blanca de Fez, hace más de ocho siglos, Ibn-Arabi el viajero postuló que, al principio del tiempo, Dios era un tesoro escondido e interpretó su decisión de crear el universo como una tentativa de conocerse a sí mismo y así librarse de la Gran Ocultación. A los ojos del místico de Murcia, nuestra sed incurable refleja, como espejo, una necesidad del Creador, nuestra existencia tiene por objeto devolverle el mundo, que no es otra cosa que su sombra. La imaginación de Glück tiene la misma magia (su dios también es melancólico) pero en ella la transacción fracasa: nuestros gestos son fatalmente insuficientes. En su depresión, el dios se lamenta de haber compartido para nada los secretos, el entusiasmo pasajero y las penurias del acto creador.


I gave you pencils, tragedies

Creation has brought you

great excitement

a I knew it would

as it does in the beginning.


Les di lápices, tragedias

En la Creación hallaron

gran contento

lo sabía

es así al comienzo.


Desde una perspectiva humana, es tanto o más desolador. Todo jardín escrito tiene sus riesgos. Al fervor de la búsuqeda inicial sigue, por fuerza, el desencanto. No basta eludir lo transitorio o parcial. Perforar la niebla que habita entre el deseo y la culpa. Ni siquiera custodiar celosamente aquello que todavía “no se ha disuelto en la nada, en la realidad”. La escisión persiste: las palabras no devuelven, no saben materializar. Por eso las flores, en su diseño irreductible, representan una opción. En ellas, el impulso hacia el olvido se vuelve verdadero fin; la fugacidad del color, su definición más cruda. Sin el acicate de la posesión, sin las restricciones del miedo, el sentido de haber vivido parece suficiente. No importa que ese momento no puedan prolongarse, están ahí como una súbita confianza.

La poesía de Louise Glück conoce antecedentes, está en sus libros anteriores, The House on Marshland (1975), Descending Figure (1980), Triumph of Achilles (1985) y Ararat (1990). En ellos puede rastrearse ecos de la amargura de Wallace Stevens y también de ese don un poco ingenuo de Williams Carlos Williams para reunir a la vida y a la muerte en una sola cosa. El resto es cosecha propia. Glück se destaca por su mirada distante, una dicción oblicua por donde se filtra la compasión y una mitología ecléctica que invita a solucionar alegorías.

El Iris Salvaje es uno de los libros más bellos escritos en EE.UU. En los últimos años. En él la poesía espera, como espera el vacío, como corolario o premio: “After all things occured to me, the void occured to me” (“Después que todo ocurrió, me ocurrió el vacío”). Si la gracia es la arquitectura de un alma capaz de conocerse a sí mima, el jardín de Glück la contiene. El terror humano a la muerte habita en él pero también el deseo indisoluble de ser absorbido por el todo, reverso de la nada. Después, sólo después, empieza la travesía, el viaje impar al fondo de las cosas, allí donde ni la felicidad ni el miedo emiten sonido alguno.

Rolando Costa Picazo

EL IRIS SALVAJE


Al final de mi sufrimiento

había una puerta.


Escucha: yo recuerdo

eso que tú llamas muerte.


Sobre la cabeza, ruidos, ramas movedizas del pino.

Después nada. El débil sol

vacilaba sobre la superficie seca.


Es terrible sobrevivir

como conciencia

enterrada en tierra oscura.


Después todo se acabó: eso que temes, ser

un alma e inacapaz

de hablar, final abrupto, la tierra tiesa

doblándose un poco. Y algo que yo confundí

con pájaros cayendo sobre los setos.


Tú que no recuerdas

el pasaje desde el otro mundo

te digo que podía hablar otra vez: lo que

regresa del olvido vuelve

para encontrar una voz:


Del centro de mi vida surgió

una gran fuente, sombras de

azul profundo sobre el azul del mar.



EL JARDIN


No podría hacerlo otra vez

apenas soporto mirarlo -


en el jardín, en la lluvia leve

la joven pareja planta

una hilera de habas, como si

nadie lo hubiera intentado previamente

no se hubieran enfrentado y resuelto nunca todavía

las grandes dificultades -


No pueden verse,

en la fresca suciedad, que empieza

sin perspectiva,

las colinas la fondo, color verde pálido, nubes de flores-


Ella quiere detenerse;

él quiere seguir hasta el final,

quedarse con la cosa-


Mírala, como toca su mejilla

para abrir una tregua, sus dedos

frescos de lluvia de primavera;

en el fino césped, estallidos de azafranes morados-


aún aquí, incluso en el comienzo del amor,

su mano que abandona su cara conforma

una imagen de despedida


y ellos piensan

que pueden ignorar

esa tristeza.

miércoles, 15 de junio de 2011

Entrevista de Elvio Gandolfo a Mario Levrero y surgimiento del nombre de nuestra librería.


Promediando los noventa conseguí en una librería de viejo de Río Cuarto un número de la revista EL PENDULO que compré para tener algo que leer en mi viaje de regreso a Rosario. La sorpresa al abrirla fue que contenía integra la novela EL LUGAR de un tal Mario Levrero. Me la devoré en las 5 horas de viaje y dejaron en mi las ganas de saber quién era este autor. Años después conocí a Ángeles y con ella compartimos esta devoción por EL LUGAR. Cuando decidimos poner una librería sabíamos casi sin decirlo cual iba a ser el nombre. Durante mucho tiempo (no existía internet) este reportaje, que le hace hace Elvio Gandolfo y aparece en la misma revista, fue lo único que tenia de información sobre Levrero y la verdad es que no estaba nada mal. Por eso reproducimos ahora aquel texto que, al menos para nosotros, contenía algo de nuestro futuro.



“EL LUGAR”, EJE DE UNA TRILOGIA INVOLUNTARIA

- Qué ubicación tiene EL LUGAR dentro de tu obra?
- Si se tiene en cuenta la época en que fueron escritas tres de mis novelas, en vez de la fecha de publicación, EL LUGAR, de 1969, forma parte de lo que podría llamarse una trilogía involuntaria. La misma se inicia con LA CIUDAD, de 1966 y culmina con PARIS, de 1970. En las tres domina la búsqueda mas o menos inconsciente de una ciudad. Hay un cuento posterior, del ‘72, SIUKVILLE, en el que esa búsqueda se hace explicita.

- Como se articula la imagen de la ciudad en la trilogía?
- Una cita de Kafka que precede a LA CIUDAD habla de “formas imprecisas en la niebla”, y de esa ciudad que al parecer persigo en la “trilogía” solo se ven unos planos incomprensibles. En EL LUGAR la ciudad es alcanzada pero de manera muy parcial y fugaz en las ultimas paginas. En PARIS, la ciudad es Paris, toma una forma definida y un nombre, y toda la acción transcurre en ella, aunque reducida en mayor parte al ámbito de un asilo que a la vez parece teatro y hotel.

- Leídas en conjunto, y ya fuera de la etapa de creación, encontras en las novelas una progresión simbólica definida o general?
- La trilogía involuntaria es una búsqueda, que es y no es el mismo (una primera persona que nunca alcanza a decir su nombre) persigue esa ciudad para huir de ella, o llega a ella huyendo no se sabe de que, tal vez de si mismo: la huida es una constante, aunque en PARIS parece quedar atrapado definitivamente por esa ciudad perseguida. Desde un punto de vista psicoanalítico seria fácil proponer a esa ciudad como un símbolo materno dual, creador y destructor, pero aun los psicoanalistas podrían sospechar que el símbolo es múltiple, polivalente y que, en ultima instancia, la ciudad podría simbolizar también a la ciudad.

- Qué relaciones guarda la trilogía con la realidad y la imaginación?
- EL LUGAR, a pesar de que se trata en un 99% de una experiencia de extrañamiento, es quizás la mas realista del trío. El 1% restante, las líneas finales, imponen al protagonista y probablemente también al autor el cuestionamiento de si mismo, su actitud egoísta que lo convierte en un extraño en este y en cualquier mundo. PARIS es un ultimo intento de escapar de la realidad; que el protagonista vive como trágico y ridículo, es en verdad la aceptación de su condición humana, tal vez trágica y ridícula, pero la única formula posible de “final feliz”.

- Ha habido alguna reaparición de los intereses o los mundos de la trilogía, aparte del cuento que ya mencionaste?
- Nunca pude volver a esos mundos de la trilogía que hoy me parecen pobres y mezquinos, pero tampoco he vuelto a sentir con la misma intensidad el impulso de escribir con largo aliento.

- Teniendo en cuenta las distintas especulaciones de los personajes de EL LUGAR acerca del origen de ese mundo extraño, podría incluírselo dentro de la ciencia ficción?
- No, creo que no pertenece al subgénero de la ciencia ficción, aunque como todo texto que no trata de lo cotidiano, puede ser reclamado por ese casillero. A mi juicio, para que un texto pueda ser clasificado dentro de un subgénero, debe cumplir un par de requisitos mínimos; el primero, la intención comercial (dirigirse concretamente a determinado publico). En el caso de la ciencia ficción, el otro requisito seria la inclusión de una explicación mas o menos científica de los hechos extraños que ocurren. Si bien es cierto que en EL LUGAR se esbozan varias explicaciones, todas posibles, todas triviales, no se acepta ninguna y ninguna interesa; la intención de la novela es otra, es la interrogación sobre si mismo, del protagonista, del autor.

- Qué relaciones mantiene EL LUGAR con las otras dos novelas?
- En las tres se reiteran ciertos elementos, y es en EL LUGAR donde estos se reúnen para hacer de puente entre LA CIUDAD y PARIS, que leídas sin la novela intermedia podrían aparecer como cosas muy distintas, a pesar de que la primera termina con un viaje en ferrocarril, y PARIS comienza con el fin de un viaje en ferrocarril.

- El relato esta dividido a su vez en tres partes netamente diferenciadas. Que papel cumplen?
- EL LUGAR podría haber quedado limitada a su primera parte, que desde mi punto de vista es perfecta, no de una manera objetiva, sino de acuerdo con mis propuestas y limitaciones. Pero la segunda parte te hace necesaria para llegar a la tercera, la ciudad, objetivo permanente de la trilogía, y se llega a través del fracaso del intento de una relación amorosa con otras personas; el protagonista solo parece poder vivir en soledad, y esta soledad (como en “el pez soluble” de Breton) es al mismo tiempo la fuerza que lo aniquila. De ahí su permanente ambular, su búsqueda y su huida.

Reportaje de Elvio Gandolfo
Publicado en Revista EL PENDULO 6, Segunda Época, Enero de 1982.