viernes, 30 de agosto de 2013
Generación Subterránea y la otra historia del Rock De Rosario
Hace unos meses comencé mi programa de radio (Todo tiene que ver con todo) en FM TRIP 106.7 y desde el principio supe que el primer invitado al programa iba a ser Sergio Rébori para contarnos de ese proyecto y para poder charlar con un tipo que conoce tanto de la historia del rock de Rosario. Espero que disfruten, como yo lo hice, de su aventura.
Hacé click acá para escuchar el programa de radio
jueves, 10 de enero de 2013
El enamorado de la Osa Mayor de Sergiusz Piasecki
El enamorado de la Osa mayor - Sergiusz Piasecki
Según algunas versiones, Sergiusz Piasecki nació en 1899, y según otras en 1901, en Lachowicze, Lituania, por entonces parte del imperio ruso (hoy en Bielorrusia) de madre bielorrusa y padre polaco. Con dieciséis años luchó en la división lituano-bielorrusa del ejército polaco contra el naciente poder soviético. Según unas fuentes cambió de bando y entre 1922 y 1926 trabajó para los servicios de inteligencia comunista pero otras lo niegan. Se sabe que después se dedicó al bandidaje y al contrabando. Fue detenido por las autoridades polacas y condenado a muerte pero la pena fue conmutada por quince años de reclusión. En la cárcel escribió “El enamorado de la Osa Mayor”.
Gracias a la infidencia de los carceleros el manuscrito llegó a manos del novelista polaco Melchor Wankowicz quien, entusiasmado, ayudó a publicar el libro en 1937. El efecto fue enorme y se organizó una campaña para conseguir la liberación de aquél bandolero que sin preparación literaria alguna había escrito una obra maestra. Tras la invasión alemana, Piasecki fue evacuado y su rastro se pierde hasta que al final de la guerra reapareció en Inglaterra, escribió un breve prólogo para “El enamorado… “, se publicaron otras obras suyas (“Memorias de un oficial del Ejército Rojo” y “Nadie se salva”) y volvió a desaparecer de nuevo. Al parecer, murió en 1964 pero la fecha y el lugar donde está enterrado no se conocen con seguridad.
“El enamorado de la Osa Mayor” es, desde luego, una “novela de acción”. Pero es mucho más que eso. Es una novela de frontera. Una frontera hecha de bosques, lagos, alambradas, valles y ciénagas; de expediciones de contrabando; de noche y neblina; de mujeres fuertes, tiroteos y delatores. Piasecki lo resume en un párrafo célebre: “Vivíamos a cuerpo de rey. Bebíamos como cosacos. Nos amaban mujeres de bandera. Gastábamos a espuertas. Pagábamos con oro, plata y dólares. Lo pagábamos todo: el vodka y la música. El amor lo pagábamos con amor, el odio con odio”.
Perdido en el camino de regreso, el contrabandista solo puede confiar en el revólver y en las estrellas, particularmente en las que forman la Osa Mayor a las que nombra como si fueran sus novias: Eva, Irene, Sofía, María, Helena, Lidia y Leonia. Los amigos desertan, son capturados, mueren; las amantes son reconfortantes pero efímeras; a Fela, el amor imposible, es necesario contemplarla en secreto.
Las coincidencias entre Piasecki y Conrad son evidentes. Como Conrad fue polaco en su juventud. Como él, vivió muchas de las tramas de sus propias novelas. Como él, se estableció en Inglaterra. Como en él, acción y libertad van unidas. “A menudo el placer de vivir me dejaba sin aliento. De vez en cuando los ojos se me empañaban sin que viniera a cuento… Se pronunciaban pocas palabras. Pero eran palabras de verdad que yo podía entender fácilmente a sabiendas de que no eran juramentos ni palabras de honor y que por tanto podían darse por seguras”.
Pero el contrabandista de Piasecki carece de la dimensión épica y los referentes morales de los héroes de Conrad. El bien y el mal le son ajenos. Desafía a los soldados y despluma a sus propios camaradas. Muchas veces actúa sin medida. A menudo es demasiado frío e indiferente. Ha conocido la guerra y sus horrores. Sabe que con frecuencia los ideales son poco más que débiles coartadas para encubrir la ambición y la brutalidad. Y no espera nada. A lo sumo una noche más de vida bajo las estrellas.
martes, 25 de diciembre de 2012
“El tutú. Costumbres de fin de siglo”, de Princesa Safo
domingo, 25 de marzo de 2012
PAVEL KOHOUT
El talento del gran escritor
Pavel Kohout
En Buenos Aires hay un minúsculo club de buscadores de libros de Pavel Kohout. Hurgan en las librerías de usados palpitando un milagroso (pero improbable) encuentro, una edición vieja, una traducción seguramente horrible, pero de la cual emergerán a pesar del descuido la magia y el humor del extraordinario escritor checo. Los miembros de ese club no se conocen, pero los unen la admiración por Kohout y cierta injusta aversión por Milan Kundera, no porque el autor de "La insoportable levedad del ser" no tenga páginas bellas sino porque es el único checo en los anaqueles de las librerías refinadas que tienen anaqueles para escritores checos. Por supuesto, está Kafka y algún que otro texto de Bohumil Hrabal, pero ¿quién es capaz de conseguir las obras de Neruda (Jan), de Karel Capek, del presidente Vaclav Havel o del casi desconocido Kohout?
Kohout goza de enorme prestigio en su tierra. Los escritores jóvenes de la República Checa lo reverencian como a un maestro. En el libro más vendido en Praga en los últimos años ("La educación de las chicas en Bohemia", del cual hay una reciente edición española y cuya búsqueda también recomendamos), su autor, Michal Viewegh, refiere como timbre de honor sus charlas con Kohout a propósito del lanzamiento de la última novela de Pavel, "Nievo".
Porque Kohout es novelista, además. Escribió 20 piezas teatrales -de las cuales la brevísima "Cianuro a la hora del té" es la primera que conoceremos en la Argentina- pero también muchas novelas en sus 73 años de vida. Y es -más, muchísimo más que Kundera- el escritor-emblema de la Primavera de Praga.
Checo, pero de ancestros austríacos, siempre fue irónico, valiente, obstinado y peleador: no lo adornaba ninguna virtud, según la acepción de los burócratas del régimen. En 1968, echó bajo los tanques rusos su carnet del Partido Comunista y sus ficciones comenzaron a ser tomadas como parábolas fastidiosas. En "El libro blanco" (aquí editada con el título de "Cabeza abajo"), un hombre que sin quererlo vence la ley de gravedad y camina por los techos se vuelve sospechoso para autoridades ancladas al suelo. En "El beso de Clara", la represión es sufrida por una nena capaz de adivinar el futuro. En "La verduga" una joven rechazada por los institutos de enseñanza artística decide convertirse en alguien útil a la sociedad en tiempos en que lo más necesario era deshacerse de los semejantes molestos.
Después del breve deshielo de la era Dubcek, la situación se tornó difícil en Checoslovaquia para los artistas disidentes. Tanto, que no sería humano condenar a quienes, como el gran Hrabal, abjuraron de su fe reformista y se encolumnaron con el régimen prosoviético de Husak. Kohout estaba en la hilera de quienes ni abjuraban ni aceptaban la cordial invitación oficial al exilio.
Como siempre molesto, Kohout impulsó con el hoy presidente Havel un manifiesto lanzado al mundo para denunciar las presiones, la frecuente cárcel y la censura que sufrían los artistas checos. El manifiesto se llamó Carta 77 y, para desesperación de los jerarcas comunistas, tuvo enorme eco afuera, amplificado por los escritos de intelectuales de primer orden, como el Nobel alemán Günther Grass.
En su autobiografía sobre esos años, "Dónde está enterrado el perro", Kohout relata sus torturas y las de sus amigos de modo minucioso y magistral. Para él, los peores tormentos no fueron las detenciones, la prohibición de publicar sus obras ni la confiscación de su casa en el barrio del Castillo. Ni siquiera el envenenamiento del animal del título. Lo peor fue que después de haberle dado un permiso de excepción para viajar a Viena, donde en 1978 le otorgaron el Premio Nacional de Literatura Europea, no lo dejaron volver a atravesar la frontera checa. Tuvo que esperar once años para volver. Demasiados para quien pone en boca de la Sofía de "Cianuro a la hora del té" la siguiente frase: "Creo que hoy Praga es la ciudad más bella del mundo. Ya que tuve la mala suerte de no haber nacido en Praga, al menos quiero darme el lujo de morir aquí".
Kohout podrá darse ese lujo, cuando llegue una hora que deseamos remota. Hizo mucho para que tal libertad fuera posible. También hizo mucho por la literatura, en una patria de escritores gloriosos.Diario La Nación
viernes, 23 de marzo de 2012
Entrevistas a Rodolfo Rabanal
"La vida privada" narra ciertas zonas de Buenos Aires; una cartografía privada y caprichosa. ¿Caminó por esas zonas para meterse en tema?
Hice un reconocimiento interesado y afectivo de la zona, que tiene que ver con un pasado determinado. Me gustó como escena. Recordé un viejo filme de Torre Nilsson, del que recuerdo imágenes. Estaba filmado en la Avenida de Mayo. Es ese mundo, de algún modo irrescatable. En la Argentina se pierden cosas todo el tiempo, así que me propuse únicamente rescatar percepciones. Por eso el protagonista no tiene nombre: preferí que sea una especie de conciencia, un receptáculo.
De hecho, al personaje central se lo nombra como "el que percibe". ¿Qué le interesó de la percepción como concepto?
Me interesa cuántos niveles tiene la percepción, qué es. ¿Hasta dónde llega el compromiso de lo que percibo? No estoy viendo con una cámara fotográfica sin cerebro lo que pasa: estoy siendo afectado. La idea de que soy cambiado por lo que veo, que es una cosa obvia, adquiere una dinámica dramática en la novela. Es el modo en el que se despliega el tiempo, también. Si bien hay un pasado que él recupera, es siempre presente. El que narra no tiene memoria: todo ocurre.
¿Y qué hilvana todo eso?
Si vos querés, uno de los centros es la escritura. El tipo está escribiendo y está siendo escrito. Todo lo que percibe, todo lo que ve, tiene que estar en un libro, en un papel. Si no, no sirve. En este libro hay cada vez menos respeto por la novela como ortodoxia. Me interesa cada vez menos la novela como forma dura. Aun la novela revolucionada y aceptada como innovadora de viejas vanguardias ya no tienen sentido. Eso sería volver a la novela tipo Mario Vargas Llosa, algo que no tendría sentido. ¿Escribe bien? Sí, qué sé yo, pero me aburre.
¿Y la prosa? Porque se suele ponderar lo estilizado de su escritura. ¿Ve alguna alteración en esta novela?
En la escritura hay una incorporación de términos, de cosas más callejeras, que otras veces no usé, y que acá había que marcarlas como mayor perentoriedad. No hay coloquialismos folclóricos, pero sí términos que incorporan la cotidianidad argentina. Por lo demás, la prosa se mueve junto a la historia, si no no sirve. La apuesta mía siempre fue doble en ese sentido, nunca escindida. Pero yo no soy un apostador fervoroso de la historia. Creo que la historia es el qué de siempre. En este libro apareció una variante en cuanto a mi modo de contar. Desde hace años vengo pensando que tenemos un idioma argentino, y no el que inventó Borges, sino otro. Un idioma que empezó a popularizarse con mi generación, el grupo que empezó a publicar alrededor de los '70. Piglia, Fogwill, gente de esa edad, algo más, algo menos. Tenemos un idioma culto, preciso, pero a la vez es más polvoriento, un coloquialismo mucho más atorrante que el de Borges. Más parecido a Arlt, salvo que él pertenece a los '20. Ese "turrito" de Arlt es auténtico, es la expresión total de nuestra habla. Creo que nosotros retomamos eso y mantuvimos a la vez lo culto en el sentido de saber y tratar de expresarse en una manera impoluta. Y creo que yo, acá, es la primera vez que dejo fluir esa voz, porque el tipo habla como habla el argentino. Nunca dice hacer el amor: dice coger. Dice pija, cuando hay que decirlo. Y sale naturalmente.
¿Qué aspecto de Buenos Aires le pesa?
Buenos Aires es una ciudad enorme y además, latina. Es intrusiva, muy ruidosa, muy llena de litigios y de charla. Es una ciudad invasiva de la privacidad. Cosa que me molesta sobre todo en verano, cuando sube mucho el calor. Pero, por otro lado, me gusta Buenos Aires. Sobre todo sus cafés. Un gran amigo mío decía que las grandes ciudades son "las que tienen planta baja". Esto es, vida a nivel de calle. Y Buenos Aires, como Madrid, París, Nueva York o Londres, tiene "planta baja". Planta baja y fantasmas.
Se parece bastante a su libro, que también está lleno de fantasmas, de seres que se disuelven…
Sí, los personajes son fantasmáticos y viven en un lugar que también lo es: avenida de Mayo y Tacuarí. Una esquina tremenda. De noche es muy lindo, pero es una belleza sombría. Y es la clase de lugares de Buenos Aires que me gusta, porque tiene historia. El protagonista vive en uno de estos lugares caídos, feliz de la vida. No hace nada, se la pasa percibiendo el mundo por un balcón. El está dispuesto a vivir el presente sin ningún tipo de compromiso a futuro, y hasta el pasado es una fantasía. Porque, ¿cómo hago para recuperar lo que fui? Sin embargo, el pasado nos construye. Y el pasado, al mismo tiempo, se destruye todo el tiempo. Es como un holograma: si enchufo el aparato está, y si lo desenchufo, desaparece.
Es nuestra noción del pasado lo que se está alterando. Desde la llegada de internet, sobre todo, el pasado no "pasa". Y ahí están todos los ex compañeros del secundario para probarlo...
Es que ahí está el gran enigma: ¿qué pasa si yo puedo modificar el pasado, aunque sea sólo en apariencia? Porque convengamos que lo que yo puedo destruir es una percepción, no el pasado real. Puedo encontrarme con una foto mía a los diecisiete años pero, ese de la foto, ¿dónde está? La sola idea es angustiante. Es como si fuera otra dimensión perdida.
"La vida privada", ¿es una novela?
Sí, porque normalmente se llama novela a ese texto en el que algo, una cierta historia, transcurre en el tiempo y en el espacio. Pero yo últimamente estoy en desacuerdo con la novela. Como género, me cansó. Y a la novela clásica ya no la soporto. Las que se escriben hoy ni las leo, porque me aburro. Son todas: "se vistió, vino, bajó…". Esas cosas ya me cansaron. ¡Dejame de jorobar! Yo quiero hablar de otras cosas. De los golpes de la percepción. Golpes. Percepciones. Eso.
"El que percibe" lo remite, de algún modo, al protagonista de su primera novela, "El apartado", publicada en 1975.
No por el tratamiento, porque acá hay un referencialismo más deliberadamente tosco, pero sí por el espíritu. Naturalmente, yo era muy joven y lo que se avecinaba era el horror, años de aplastamiento: aquel personaje veía venir eso. Y acá no, acá eso pasó, y quedan los cartoneros, tipos sueltos que no tienen laburo y viven en los rincones, desclasados, digo ahí, y es como que no pasara más nada. Acá la preocupación del tipo no es señalar lo que se viene como ominoso: no, ya está, y se hace lo que se puede. Es casi un resignado, entendió que el mundo es ése. En eso se diferencian, pero tienen en común esta característica de anti o contra personaje. El de "El apartado" tampoco tenía nombre, se lo cambiaba según la necesidad. Y también había un mundo de mujeres, que siempre son tres: me encanta la idea de las tres gracias.
El tema del amor, de la relación con las mujeres, es uno de los temas de su obra.
Yo creo que está en todas las novelas, en todos los trabajos. Y pasa eso, siempre hay tres mujeres rondando, como si no se pudiera amar a una sin que hubiera otras dos haciendo una luz de sesgo. Un disparate típicamente psicoanalítico, quizás.
¿Y qué pensó sobre esta presencia en su narrativa a lo largo del tiempo?
Tiene que ver con la naturaleza, está en la vida, ¿no? Somos mirados y definidos por la mirada del otro, tanto como nosotros definimos al otro al mirarlo. La mirada de la mujer tal vez defina un aspecto de alguien como hombre, digamos, que signifique para su vida A o B, mucho o poco: no sabemos, dependerá de cómo lo vean las mujeres. Pero uno es también una construcción para las mujeres, ¿no es cierto? Después, en tanto persona, pueden verte de una misma manera tanto un hombre como una mujer. Probarse, también, con el amor y con las mujeres es atravesar otro terreno, otro misterio. Y está la idea de ese mundo tan especial de las mujeres a partir de la madre misma. Es decir, me resulta muy interesante como presencia, para el bien como para el mal, para irritarme, para complacerme, para encontrar un lugar en el mundo y también para escapar de ese lugar. Es un lugar de conflicto tanto como de acogimiento.
¿Y cómo juega este asunto de las tres gracias?
Me gusta mucho seguir ese tema. La figura viene del remoto pasado, de las ideas helénicas de la antigüedad, pero adquiere fama en el Renacimiento: ahí es donde aparecen las tres mujeres en la relación distributiva y retributiva. Las tres gracias van a dar alegría, consuelo y esperanza. Y hay un café en Roma, el Canova, en la Piazza del Poppolo, un lugar precioso para no hacer nada, mirar y oler y qué sé yo, cuyas servilletas tienen como emblema a las tres gracias. Y entonces yo me lo agarré, lo guardé y en el libro "El roce de Dante", hablo de esto. Tengo la atención puesta en ese detalle. Hay algo más, muy importante: las mujeres son bellas.
Hay otros puntos de contacto con su primer libro: el interés por el principio, por ejemplo.
"El apartado" empieza con la pregunta: ¿cómo empezar? De qué manera. Hasta parece una pregunta técnica, de carácter formal. En algún momento todo empieza. Todo: la vida de uno, las cosas, las decisiones, las relaciones, y siempre hubo algo antes. ¿Qué voluntad había, qué fuerzas, qué mundo que yo ignoraba? ¿Qué fue lo que determinó el íncipit? Eso, además, es un tributo y un homenaje a los clásicos, Dante y todo eso, un mundo que me fascina bastante, tal vez porque está lejos y no me contamina.
En "El apartado" aparecían también descripciones del barrio de Pompeya, donde nació y se crió.
Pero acá es la primera vez que nombro al barrio taxativamente. Mejor no verlo ahora: está muy feo, muy abandonado. Mi abuelo llegó ahí siendo muy joven y puso un almacén de ramos generales, era campo eso. Ahí empezó. Tenía relaciones con el Tigre Millán, un pistolero de Alsina, que cruzaba el puente y le cuidaba el negocio y la familia cuando salía con el sulky a proveerse en el Centro. Y él le regalaba algunas balas, comida, le pagaba con eso. Una época que no conocimos, ninguno, porque te estoy hablando de 1890, más o menos. Pompeya y más allá la inundación, como dice "Sur". Esto resurgió porque el año pasado fui a una milonga, ahí en el sur, con Jorge Mara y Edgardo Cozarinsky, y me acordé de la milonga de aquellos años, que era distinta. Más natural, más inmanente era ir ahí, la gente iba; hoy, en cambio, implica una actitud. Aquellos grandes milongueros eran los que hacían punta y tenían más éxito, aunque fueran dos ratas como estos hermanitos Zappa, que eran ridículos pero bailaban tan bien que las mujeres estaban chochas con ellos. Y hay otra cosa ahí, en el libro, que no sé cómo decirte. Una descripción de un Carnaval, con el Chico Pálido que mira todo debajo de la mesa: eso sí es muy referido, me pasó a mí. Veía las piernas de las mujeres desde ahí, ese juego de tendones, de fuerza y de abandono, la transpiración, los olores. Eso fue algo vivido y, recuerdo, me quedó una idea de mundo ajeno. Le tomé odio al tango en ese momento, antipatía. Después lo recuperé, claro. Mi generación fue antitanguera: fuimos jóvenes en los '60 y éramos más bien de los Beatles, esas cosas. Hoy me parece ridículo.
Cuando usted empezó a escribir, estas cuestiones estaban en el centro de la discusión. ¿Recuerda esa época como un momento de tensiones estéticas?
En los '70, cuando empezamos a escribir todos los de mi generación, se producen estéticas opuestas. Escribir contra algo. Osvaldo Lamborghini jugó un papel muy importante en ese contexto de estéticas disruptivas. Yo ahí empecé a escribir la novela "El apartado", que llamó la atención porque era una jugarreta en el interior de ese mundo que vivíamos. Después me empecé a desviar de los estrechamientos y los amigos empezaron a jorobarme con que yo era el apartado, el apartado de todo. Era cierto.
¿Cómo recuerda las tertulias de aquellos años?
Las recuerdo con mucho humor y diversión. Había un clima de joda muy particular. Aunque hacíamos las cosas en serio, no nos dábamos un lugar emblemático. Yo percibía consistencias grupales, pero en mi caso iba pasando. Estaba un poco con los lacanianos, o con Osvaldo Lamborghini, con el que te peleabas siempre, pero de quien se aprendía mucho. Yo no siento que tuviera una pertenencia clara, aunque todos estábamos en contra del sistema y de la opresión militar.


