Hace unos 2 años conocí en la librería a Sergio Rébori y enseguida nos pusimos a charlar sobre rock y, por sobre todas las cosas, de El Expreso de Poli Román, aquel programa de finales de los '70 pionero en esto de pasar rock por las radios. Me contó de su proyecto de armar un libro sobre la historia del rock en la ciudad de Rosario con tanto entusiasmo que fue muy fácil verse implicado en él. Así que, digamos, fui testigo del crecimiento de ese proyecto que, sólo como primer paso, se ve plasmado en "Generación Subterránea. La otra Historia del Rock de Rosario".
Hace unos meses comencé mi programa de radio (Todo tiene que ver con todo) en FM TRIP 106.7 y desde el principio supe que el primer invitado al programa iba a ser Sergio Rébori para contarnos de ese proyecto y para poder charlar con un tipo que conoce tanto de la historia del rock de Rosario. Espero que disfruten, como yo lo hice, de su aventura.
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viernes, 30 de agosto de 2013
jueves, 15 de agosto de 2013
THEREMÍN: De la Revolución Bolchevique a la psicodelia rockera en Todo tiene que ver con todo.
Esta semana el programa estuvo dedicado a un intrumento musical inventado por Lev Serguéyevich Termén (Léon Theremin) que implicó en su desarrollo a Lenin en pleno auge de la Revolución Rusa, a Stalin y las tristemente célebres purgas, a la ciencia ficción clase B de los '50 y a la psicodelia de los '60.
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domingo, 28 de julio de 2013
TODO TIENE QUE VER CON TODO nº10: Papelera de Reciclaje
Cuando fui armando los anteriores programas quedaron fuera relaciones entre discos y libros que merecían un programa. Los Fabulosos Cadillacs sobre Sábato, The Cure musicalizando un poema de Baudelaire, Café Tacuba apropiándose de una linda historia de amor de José Emilio Pacheco, Steely Dan citando el Squonk (animal mitológico recopilado por Borges), The Police creando un clima para la novela "El cielo protector" de Paul Bowles y el Indio Solari devorando cómics para las letras de Los Redonditos. Espero que les guste.
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viernes, 19 de julio de 2013
TODO TIENE QUE VER CON TODO, Drácula rockea
Esta semana en TODO TIENE QUE VER CON TODO le dediqué el programa al vampiro más famoso de todos los tiempos y a varias bandas de rock que le cantan a su majestad vampírica. Se hizo con un resto de gripe dando vuelta y a media máquina pero creo que más o menos salió algo. Espero que les guste.
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miércoles, 19 de junio de 2013
TODO TIENE QUE VER CON TODO: Rock & Poesía
En este programa me metí con el encuentro que se da a veces entre compositores y poesía. Un libro de poemas encontrado en una librería de viejo (como la nuestra), una señora que se le aparece en el estudio a una banda y le lee poemas, una partitura de una antigua canción de cuna escrita por un poeta isabelino y cosas así.
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jueves, 10 de enero de 2013
El enamorado de la Osa Mayor de Sergiusz Piasecki
En noviembre pasado leí un libro de un autor absolutamente desconocido para mí: Sergiusz Piasecki. Me encantó sentir la "acción real" que recorría sus páginas (quizás como el excelente "Deliverance" de James Dickey), y ese ir y venir atravesando fronteras en el centro de Europa. Una novela que, como se verá en esta nota que comparto en el blog, pudo salvarle la vida (y estoy seguro de que, de algún modo, lo hizo).
Según algunas versiones, Sergiusz Piasecki nació en 1899, y según otras en 1901, en Lachowicze, Lituania, por entonces parte del imperio ruso (hoy en Bielorrusia) de madre bielorrusa y padre polaco. Con dieciséis años luchó en la división lituano-bielorrusa del ejército polaco contra el naciente poder soviético. Según unas fuentes cambió de bando y entre 1922 y 1926 trabajó para los servicios de inteligencia comunista pero otras lo niegan. Se sabe que después se dedicó al bandidaje y al contrabando. Fue detenido por las autoridades polacas y condenado a muerte pero la pena fue conmutada por quince años de reclusión. En la cárcel escribió “El enamorado de la Osa Mayor”.
Gracias a la infidencia de los carceleros el manuscrito llegó a manos del novelista polaco Melchor Wankowicz quien, entusiasmado, ayudó a publicar el libro en 1937. El efecto fue enorme y se organizó una campaña para conseguir la liberación de aquél bandolero que sin preparación literaria alguna había escrito una obra maestra. Tras la invasión alemana, Piasecki fue evacuado y su rastro se pierde hasta que al final de la guerra reapareció en Inglaterra, escribió un breve prólogo para “El enamorado… “, se publicaron otras obras suyas (“Memorias de un oficial del Ejército Rojo” y “Nadie se salva”) y volvió a desaparecer de nuevo. Al parecer, murió en 1964 pero la fecha y el lugar donde está enterrado no se conocen con seguridad.
“El enamorado de la Osa Mayor” es, desde luego, una “novela de acción”. Pero es mucho más que eso. Es una novela de frontera. Una frontera hecha de bosques, lagos, alambradas, valles y ciénagas; de expediciones de contrabando; de noche y neblina; de mujeres fuertes, tiroteos y delatores. Piasecki lo resume en un párrafo célebre: “Vivíamos a cuerpo de rey. Bebíamos como cosacos. Nos amaban mujeres de bandera. Gastábamos a espuertas. Pagábamos con oro, plata y dólares. Lo pagábamos todo: el vodka y la música. El amor lo pagábamos con amor, el odio con odio”.
Perdido en el camino de regreso, el contrabandista solo puede confiar en el revólver y en las estrellas, particularmente en las que forman la Osa Mayor a las que nombra como si fueran sus novias: Eva, Irene, Sofía, María, Helena, Lidia y Leonia. Los amigos desertan, son capturados, mueren; las amantes son reconfortantes pero efímeras; a Fela, el amor imposible, es necesario contemplarla en secreto.
Las coincidencias entre Piasecki y Conrad son evidentes. Como Conrad fue polaco en su juventud. Como él, vivió muchas de las tramas de sus propias novelas. Como él, se estableció en Inglaterra. Como en él, acción y libertad van unidas. “A menudo el placer de vivir me dejaba sin aliento. De vez en cuando los ojos se me empañaban sin que viniera a cuento… Se pronunciaban pocas palabras. Pero eran palabras de verdad que yo podía entender fácilmente a sabiendas de que no eran juramentos ni palabras de honor y que por tanto podían darse por seguras”.
Pero el contrabandista de Piasecki carece de la dimensión épica y los referentes morales de los héroes de Conrad. El bien y el mal le son ajenos. Desafía a los soldados y despluma a sus propios camaradas. Muchas veces actúa sin medida. A menudo es demasiado frío e indiferente. Ha conocido la guerra y sus horrores. Sabe que con frecuencia los ideales son poco más que débiles coartadas para encubrir la ambición y la brutalidad. Y no espera nada. A lo sumo una noche más de vida bajo las estrellas.
El enamorado de la Osa mayor - Sergiusz Piasecki
por Alberto Infante
www.albertoinfante.es
Según algunas versiones, Sergiusz Piasecki nació en 1899, y según otras en 1901, en Lachowicze, Lituania, por entonces parte del imperio ruso (hoy en Bielorrusia) de madre bielorrusa y padre polaco. Con dieciséis años luchó en la división lituano-bielorrusa del ejército polaco contra el naciente poder soviético. Según unas fuentes cambió de bando y entre 1922 y 1926 trabajó para los servicios de inteligencia comunista pero otras lo niegan. Se sabe que después se dedicó al bandidaje y al contrabando. Fue detenido por las autoridades polacas y condenado a muerte pero la pena fue conmutada por quince años de reclusión. En la cárcel escribió “El enamorado de la Osa Mayor”.
Gracias a la infidencia de los carceleros el manuscrito llegó a manos del novelista polaco Melchor Wankowicz quien, entusiasmado, ayudó a publicar el libro en 1937. El efecto fue enorme y se organizó una campaña para conseguir la liberación de aquél bandolero que sin preparación literaria alguna había escrito una obra maestra. Tras la invasión alemana, Piasecki fue evacuado y su rastro se pierde hasta que al final de la guerra reapareció en Inglaterra, escribió un breve prólogo para “El enamorado… “, se publicaron otras obras suyas (“Memorias de un oficial del Ejército Rojo” y “Nadie se salva”) y volvió a desaparecer de nuevo. Al parecer, murió en 1964 pero la fecha y el lugar donde está enterrado no se conocen con seguridad.
“El enamorado de la Osa Mayor” es, desde luego, una “novela de acción”. Pero es mucho más que eso. Es una novela de frontera. Una frontera hecha de bosques, lagos, alambradas, valles y ciénagas; de expediciones de contrabando; de noche y neblina; de mujeres fuertes, tiroteos y delatores. Piasecki lo resume en un párrafo célebre: “Vivíamos a cuerpo de rey. Bebíamos como cosacos. Nos amaban mujeres de bandera. Gastábamos a espuertas. Pagábamos con oro, plata y dólares. Lo pagábamos todo: el vodka y la música. El amor lo pagábamos con amor, el odio con odio”.
Perdido en el camino de regreso, el contrabandista solo puede confiar en el revólver y en las estrellas, particularmente en las que forman la Osa Mayor a las que nombra como si fueran sus novias: Eva, Irene, Sofía, María, Helena, Lidia y Leonia. Los amigos desertan, son capturados, mueren; las amantes son reconfortantes pero efímeras; a Fela, el amor imposible, es necesario contemplarla en secreto.
Las coincidencias entre Piasecki y Conrad son evidentes. Como Conrad fue polaco en su juventud. Como él, vivió muchas de las tramas de sus propias novelas. Como él, se estableció en Inglaterra. Como en él, acción y libertad van unidas. “A menudo el placer de vivir me dejaba sin aliento. De vez en cuando los ojos se me empañaban sin que viniera a cuento… Se pronunciaban pocas palabras. Pero eran palabras de verdad que yo podía entender fácilmente a sabiendas de que no eran juramentos ni palabras de honor y que por tanto podían darse por seguras”.
Pero el contrabandista de Piasecki carece de la dimensión épica y los referentes morales de los héroes de Conrad. El bien y el mal le son ajenos. Desafía a los soldados y despluma a sus propios camaradas. Muchas veces actúa sin medida. A menudo es demasiado frío e indiferente. Ha conocido la guerra y sus horrores. Sabe que con frecuencia los ideales son poco más que débiles coartadas para encubrir la ambición y la brutalidad. Y no espera nada. A lo sumo una noche más de vida bajo las estrellas.
viernes, 20 de julio de 2012
Hace ya unos días charlando con Agustín Alzari de libros muy difíciles de conseguir yo le nombré una de las búsquedas más decepcionantes de mi vida: "Tumuto" de José Portogalo. El me mira, se queda atónito y me dice: "hace un par de años que estoy trabajando para reeditarlo y justo hoy sale a la venta el libro". Quedamos los dos perplejos, hablo de esa perplejidad que producen las casualidades, y luego celebramos ese encuentro. A los días me llega el obsequio de la reedición en la que trabajó con tanta pasión durante bastante tiempo. Tratando de respetar el formato apaisado de la edición original, reconstruyendo los dibujos de la edición original, conversando con gente cercana a Portogalo, y buscando en librerías de viejo el libro para poder reproducirlo. Su entusiasmo se contagia fácil y por eso le pedí que me envíe la introducción que escribió para compartir en nuestro blog. Es un honor contar con este texto.
INTRODUCCIÓN
"Jorge Luis Borges cantó las orillas de Villa Ortúzar
pero no vió el incendio en el centro de Villa Ortúzar."
José Portogalo, "Poema escrito en el puño de mi camisa"
La
carrera literaria del poeta José Portogalo no tuvo uno, sino dos
comienzos. El primero, el que corresponde propiamente a su debut,
fue en el año 1933 con Tregua, libro que apareció en la
Colección “Los Poetas”, de la Editorial Claridad. El dato de
quiénes lo publicaron no es menor. La búsqueda inicial de Portogalo
se concentraba en un estrecho ángulo que le permitía filtrar, a
través del patrón formal y sentimental del posmodernismo, la
temática social. En versos medidos y rimados, haciendo uso de un
vocabulario amplio, lleno de exóticos hallazgos, cantaba el poeta a
los albañiles (“ellos son como abejas laboriosas y humildes/
libando el polen fresco de las nubes rizadas”), a los vendedores de
diarios, a los pintores, a los trabajadores de la fundición, al alba
de los obreros.
Hijo
adoptivo de un inmigrante jornalero, ducho desde niño en los rubros
más duros del trabajo (lo cual le había impedido terminar la
escuela), Portogalo desplegaba en Tregua, de manera ejemplar,
la amalgama entre vida y obra que promovía como bandera el grupo de
Boedo. Era un poeta obrero, un hombre redimido cuyos versos podían
medirse con los de cualquier poeta de oficio; pues era en esa
perspectiva, en el horizonte de la alta cultura, que habían sido
facturados.
Distinto
es el otro comienzo que ensayó Portogalo. Fue con Tumulto,
publicado en Buenos Aires por la editorial anarquista Imán, en
noviembre de 1935. El libro reunía un conjunto de veinticinco
poemas, acompañados por ilustraciones y grabados del artista
plástico Demetrio Urruchúa. Tumulto fue el segundo de los
libros de José Portogalo, pero tan grande es la brecha que lo separa
de Tregua, tan desmesurado el modo en que divergen sus formas
y sus intenciones, que es difícil resaltar algún tipo de
continuidad, por fuera de una nominal coincidencia de los temas de
interés y algunos poemas medidos que sobreviven, según parece, sólo
para marcar la excepción.
La
imagen, ante este segundo libro de Portogalo, es la de un autor que
no solo ha barrido las piezas del tablero, sino que la ha emprendido
contra el tablero mismo. Tregua es un libro de poesía.
Tumulto, en cambio, no. O no del todo. O no convencionalmente.
Una sinuosa línea iconoclasta lo recorre, lo tensa, lo mueve de
continuo hacia las fronteras de lo que en su época se entendía por
poesía. Aparece la urgente (y clara) prosa narrativa, la propaganda,
la puteada, el discurso directo, etc.
Se
trata, por el momento, de ilustrar que Tumulto no fue un
desvío de la ruta trazada por Tregua, sino un camino
completamente nuevo e inexplorado. Son varios y de origen diverso los
factores que apuntalan la originalidad intrínseca del libro.
Conociéndolos, podrá comprenderse con mayor claridad su posterior
recorrido, esa anécdota que lo rodea y amenaza con asfixiarlo, donde
se incluyen el premio en el Concurso Municipal de Literatura de
Buenos Aires de 1935, la inmediata y escandalosa prohibición, el
secuestro de los ejemplares distribuidos por parte de los agentes del
intendente Mariano de Vedia y Mitre, las sentencias judiciales, el
prolongado silencio editorial.
¿Qué
pudo haber ocurrido en aquel año y medio que separa los dos libros
como para que se produzca un cambio tan significativo? ¿Fue una
reacción espontánea de Portogalo, o hay factores que permitan
explicarlo? Tumulto, como libro, carece de antecedentes. Sin
embargo, puede notarse alguna familiaridad con “Las Brigadas de
Choque”, el mítico poema de Raúl González Tuñón, cuya
publicación, en agosto de 1933, precipitó el cierre de la revista
Contra. Tuñón sacudía allí el estandarte poético,
demostrando que un poema vanguardista, dinámico, en verso libre y
sin rimas, podía ser también desprejuiciadamente militante. En esa
condición de posibilidad del poema, se cuenta un primer antecedente
para Tumulto. No es descabellado. La amistad, además de una
innegable fraternidad poética y política (vinculada a la
sociabilidad que rodeaba al Partido Comunista Argentino), unía a
estos poetas.
El
alcance del poema de Tuñón, sin embargo, queda supeditado a la
representación del gran drama político. Su calibre es el de un
portentoso cañón que dispara a diestra y siniestra. No es modélico,
en el sentido de que esa grandilocuencia impide pensar que en su
forma quepan los pequeños dramas cotidianos, los sueños truncos, el
cansancio, la memoria sensible de la infancia, el erotismo, todo
aquello que, desbordando lo político, conforma el cuerpo de Tumulto.
El
otro gran antecedente que propicia un nuevo comienzo desde cero en la
poesía de Portogalo, es su lectura de poetas norteamericanos como
Langston Hughes y Carl Sandburg. En sus Poemas de Chicago, de
1916, este último mostraba que todo podía ingresar en la
poesía, sin necesidad de traicionar el universo obrero, ni el pulso
de las grandes urbes. Walt Whitman flotaba en sus poemas, y en el
camino del verso libre, en la búsqueda del ritmo propio, aparecía
impreso el orgullo del self-made-man. Esto sí resultó
modélico. Casi una fascinación para Portogalo, él mismo un
self-made-man, tanto que dedica a Sandburg el séptimo poema
de Tumulto (“Cómo me gustaría haberme hallado en tus años/
junto a tus manos pesadas, ásperas, violentas/ porque con ellas has
hecho todos los oficios –como yo- y has escrito poemas”)
El
sentimiento democrático, de orgullosa igualdad, que impregna esta
poesía norteamericana, es en buena medida el basamento moral de
Tumulto. Es un cambio de fabulosas dimensiones. Ya no se
trataba de ser el obrero redimido que cantaba como cantan los poetas
de oficio, ni de llegar a manejar el lenguaje culto de la alta
poesía. No era necesario ningún salto, ni progreso, sino más bien
lo contrario, mirar alrededor, a Villa Ortúzar, a la ciudad que
dejaba atrás el paso del carro, cantar lo que se veía sin formulas
ni pretensiones, y darse libertad para que las mismas cosas
establezcan su ritmo.
Estas
influencias y la propia escritura del libro se cocían al fuego del
régimen conservador, que se había iniciado en 1930 con el golpe de
Félix Evaristo Uriburu y continuaba con Agustín P. Justo, quien
había arribado a la presidencia a través del fraude. El asedio, la
persecución y la cárcel eran moneda corriente entre los militantes
de izquierda, pertenecieran estos o no al terreno de la cultura.
Tumulto
se publicó, como fue anticipado, a principios de noviembre de 1935.
La plena libertad de la poesía de Portogalo hallaba su
correspondencia en el singular trabajo realizado para el libro por
Demetrio Urruchúa. El pintor y muralista, que años más tarde
fundaría junto con Antonio Berni, Lino Enea Spilimbergo y Manuel
Colmeiro el Taller de Arte Mural, realizando los frescos que aún se
pueden ver en las cúpulas de la Galería Pacífico de Buenos Aires,
logró plasmar en quince pequeñas escenas, con el uso sintético de
la línea, el espíritu de Tumulto. Sus burgueses gordos con
bastón, sus prostitutas, sus soldados armados, el entierro desolador
de un albañil, el baile de una pareja con los torsos desnudos, entre
otros personajes, perfilan con potencia expresiva, plástica, el
mundo en plena ebullición de Tumulto.
El
formato amplio y apaisado de la edición original, que esta primera
reedición emula, no es caprichoso. Cumple, al menos, dos funciones.
Por un lado, admite esos versos extraordinariamente largos que
abundan en los poemas. Por otro, sirve de soporte a los tres
formidables grabados de Urruchúa que aparecen impresos a página
completa. Permite admirarlos a un buen tamaño. El surgimiento
sorpresivo y un tanto aleatorio de estos, genera una pausa, un
rellano, un obligado descanso visual. Tumulto se abre entonces
hacia una experiencia nueva, pasa de lo literario a lo pictórico. El
lector ya no lee, sino que ve.
No
está demás mencionar que el resultado de ese dialogo de lenguajes
figura entre los méritos mayores del libro. Pues no se detiene allí.
En un giro quijotesco, Urruchúa, el pintor, aparece como personaje
de poemas que él mismo está ilustrando:
Mi
ciudad: La de las grandes riquezas y las grandes miserias
La
de los grandes chantajistas de guante color patito:
Gerentes
de banco. Presidentes de asociaciones patrióticas.
Directores
de grandes rotativos. Críticos de Arte. Periodistas.
Urruchúa
los pintaría con una ganzúa en los labios
o
colgados de unos mechinales con una soga al cuello.
¿No
es cierto Urruchúa? —Urruchúa es el más grande pintor de mi
ciudad.
La
respuesta (dibujada) que da el artista, puede el lector encontrarla
al final del poema “Un poema a las 6 de la mañana”, al cual
pertenecen los versos transcriptos.
Paralelamente
a la publicación del libro, José Portogalo envía una copia al
Concurso Municipal de Literatura, el mismo que habían ganado en su
momento Tuñón y Jorge Luis Borges. Por aquel entonces, el primer
premio era de 5000 pesos, el segundo de 3000 y el tercero de 2000.
Para tener una medida, Tumulto lleva impreso el precio en la
contratapa: $1 por ejemplar. Se trataba, sin dudas, del premio más
importante y prestigioso de la Argentina.
El 8
de noviembre de ese mismo año, aparece en el diario La Nación una
breve nota mencionando que los autores participantes del certamen se
habían reunido, y habían elegido a Cesar Tiempo para representarlos
dentro del jurado. A esta singularidad del concurso, hay que sumarle
otra, la presencia en calidad de jurado de un concejal oficialista,
en caso el conservador Lizardo Molina Carranza, y un concejal
socialista, Juan Unamuno. La lista de jurados se completaba con
Leopoldo Marechal, el poeta Horacio Rega Molina, Arturo Giménez
Pastor y Salvador Oría.
Once
días más tarde, otra nota en el mismo matutino informa de una
reunión en el despacho del Secretario de Hacienda porteño, en la
cual el jurado constituido había designado como secretario a Cesar
Tiempo, además de distribuirse las más de sesenta obras
presentadas.
Naturalmente,
cabe preguntarse qué chances tenía en ese concurso oficial un libro
como Tumulto, con sus muchachas de barrio desnudas panza
arriba a punto de ser poseídas por sus amantes furtivos, sus
generales que miran angelitos invertidos con apetito sexual, sus
insultos a los burgueses, sus monjas calientes, sus proletarios
rebeldes y las valijas de los viajeros católicos cargadas de
dinamita (el año anterior se había celebrado en Buenos Aires el
multitudinario Congreso Internacional Eucarístico). Se necesitaba
poco menos que un milagro para conseguir que triunfe.
Allí
es donde interviene Cesar Tiempo, a la sazón secretario del jurado
y amigo personal de Portogalo. Había sido él quien cinco años
antes lo presentara a Antonio Zamora, director de Editorial Claridad,
de cuyo vínculo surgió la publicación de Tregua y las
múltiples colaboraciones del poeta en la revista Claridad. La
inagotable veta bromística de Tiempo, que ya había parido a la
poetisa Clara Beter, retornaba una vez más para darle un giro
imprevisto, novelesco, a los hechos.
Desde
un principio, según relata él mismo en una nota de homenaje a
Portogalo publicada el 2 de julio de 1972 en el diario La Opinión,
sostuvo dentro del jurado que el tercer premio de poesía debía ser
para Tumulto. Otros miembros se inclinaban por un libro de
Jorge Obligado, hermano de Carlos, poeta de posición económica
desahogada. La discusión era intensa. El argumento de Tiempo, muy
boedista por cierto, era que el Premio Municipal debía servir de
estímulo a ciudadanos que, como Portogalo, se ganaban el pan con el
sudor de su frente, además de escribir versos. Era un modo ejemplar
de inducirlos a perseverar en el camino de la cultura. La consigna
prendió. Rega Molina y Unamuno lo apoyarían. Un voto más, y el
premio sería para Portogalo. La discusión parecía estancarse,
enfrentando a Tiempo con quienes no les importaba en absoluto el
origen del autor y fijaban en cambio su mirada en el valor intrínseco
de la obra. En un momento, Molina Carranza, el concejal conservador,
lo frena y le pregunta si había leído el libro. Rápido de
reflejos, Tiempo notó que se abría una brecha: cabía la
posibilidad de que su interlocutor no lo hubiese hecho. Siquiera en
forma potencial, la palmaria vagancia del concejal conservador le
brindaba una oportunidad única, que no desaprovecharía. “¿Cómo
no lo voy a leer? —Asegura que le contestó— Es sensacional.
Poesía auténtica”. La respuesta, decisiva, confirmó su sospecha.
“Yo lo voy apoyar”, dijo Molina Carranza.
El
jueves 23 de abril de 1936, La Nación publicó una extensa nota con
los resultados del concurso, encabezada con el retrato fotográfico
de los ganadores. Uno solo sonreía. Era José Portogalo. El joven
“obrero y poeta”, tal como se lo definía, había obtenido
finalmente el tercer premio de poesía del Concurso Municipal de
1935. “El Sr. Portogalo —proseguía la noticia— canta con
espíritu rebelde la ansiedad de los proletarios, en versos fogosos y
a veces encendidos de fiebre revolucionaria.”
En
esa misma nota del diario La Opinión, Cesar Tiempo reconstruye lo
que falta: “Al día siguiente la noticia del premio se publica en
La Nación. De Vedia y Mitre (intendente de Buenos Aires) lo llama
enseguida a Molina Carranza, que era concejal de su partido, y le
dice:
- Le voy a leer una poesía, ¿qué le parece?
Y le
lee un poema de Tumulto donde Pepe se orinaba en las pilas de
agua bendita, y otros exabruptos por el estilo.
- ¡Esto es un horror, caramba! — exclamó Molina Carranza.
- No sólo es un horror — le respondió de Vedia y Mitre—, sino que, además, usted lo ha votado para uno de los premios municipales. ¿Cómo es eso, concejal? Lo ha estimulado con dineros de la Municipalidad ¿Cómo es eso?
- Retiro la firma ¡retiro la firma!”
El
alcance del chasco fue formidable, pero también sus consecuencias.
El intendente, que aparece mencionado en el libro, pues tenía
reputación de hombre de letras, hizo del caso una causa ejemplar.
Ordenó a los agentes municipales secuestrar los ejemplares de las
librerías y entabló un tenaz acoso judicial contra el autor. El
motivo aducido era el de “ultraje al pudor”. No se iba a tolerar
el erotismo obrero de Tumulto. Pero eso no era todo, no podía
serlo. Bajo el manto de esa acusación escandalosa, se escondían los
otros ultrajes del libro. El ultraje a la imagen de la capital
pujante en “Habitante de Buenos Aires”; a la Iglesia, a Cristo y
a Dios en “Mitín”; el ultraje al periodismo en “Poema
Caminando”; a la poesía en “En poema escrito en el puño de mi
camisa”; a la burguesía, al ejército, a los trust
multinacionales, a los radicales, a la democracia y sus buenas
costumbres en “Cartel”.
Un
año más tarde, en noviembre de 1937, aparece una solicitada de
apoyo a Portogalo en la revista Unidad, que dirigía el por
entonces comunista Rodolfo Puigross. Llevaba la firma de Emilio
Troise, secretario de la AIAPE (una agrupación de intelectuales,
artistas, periodistas y escritores en contra del fascismo a la que
pertenecían, entre tantos otros, los poetas Raúl González Tuñón,
Cesar Tiempo, Álvaro Yunque y Juan L. Ortiz, y los pintores Antonio
Berni y Lino Enea Spilimbergo). La declaración, de la que
transcribiremos un pasaje, repone, además de los datos de la
acuciante situación de Portogalo, el verdadero motivo de la
persecución que aludíamos en el párrafo anterior: "Ignoramos
si pertenece a Partido o credo determinado. Conocemos su libro y su
talento, simplemente. Y es ese libro y ese talento, lo que se procesa
y persigue enmarañando tendenciosamente los conceptos, podando
esperanzas y nivelando mediocremente las ideas. Condenado por la
justicia a sufrir un año de prisión, en forma condicional, aun no
se termina ese trámite. Se abre un nuevo juicio para privarlo de su
ciudadanía argentina. Y ahora ya no se trata de un poeta, ni de un
libro. Se trata de un hombre, cuya cédula de identidad se resume en
estos términos: José Portogalo, 33 años de edad; 29 de residencia;
15 de ciudadanía."
Portogalo
debió abandonar Villa Ortúzar, el barrio porteño que está en el
centro de Tumulto. Vivió un tiempo en Córdoba, otro en
Rosario, y luego, cuando ocurrió el golpe militar de 1943, se exilió
en el Uruguay, donde trabajó como periodista. Años más tarde,
regresó a Buenos Aires y permaneció allí hasta su muerte, ocurrida
en el año 1973. No dejó de escribir, ni de publicar, pero su
poesía, en un nuevo giro, retomó el derrotero de Tregua. Se
ignoran los motivos, pero no es difícil inferir que el escándalo y
la persecución hayan hecho mella. De manera incidental, puede haber
contribuido el cambio de táctica del comunismo (ideología a la que
Portogalo comenzó a adherir a partir de aquellos años), quienes
abandonado la “lucha de clases” se concentraban, después de
1935, en la formación de “frentes populares”, obturando de este
modo, al interior de sus filas, la insistencia en una estética de
franco ataque a las fuerzas burguesas. Sea por estos u otros
motivos, Portogalo retornó al verso medido, a un lenguaje más
convencionalmente poético en el que logró, sin dudas, destacarse.
Sus libros Poemas con habitantes, de 1955, y Letras para
Juan Tango, de 1958, representan los puntos más altos de esa
propuesta.
Tumulto
se posiciona, en vistas de la obra completa del poeta, como un libro
aislado. Tan profundo cala esta conciencia de la diferencia que queda
afuera de la antología Poemas (1933-1955), que reunía la
“totalidad” de sus libros publicados hasta el momento. Si, tal
como lo declara Emilio Soto en la introducción al volumen, se trata
de una autoantología, es dable inferir en Portogalo alguna clase de
arrepentimiento respecto de Tumulto, cuya marca sería la
perpetuación en el tiempo, ante reiterados ofrecimientos, de la
negación de volver a editarlo.
Devenido
en rareza bibliográfica, en perla de catálogo para libreros de
antiguos, Tumulto perdió sus lectores, y con ellos su rumbo,
su fuerza y su destino. Nosotros, los lectores, también nos perdimos
de algo en estos setenta y siete años: un poeta que canta a las
lectoras de Arlt, que cambia a Lugones por los versos de Hughes y
hermana a Carriego con la revolución; mientras observa, sonriente,
la chispa, el fuego, el incendio del centro de Villa Ortúzar.
AGUSTÍN ALZARI
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lunes, 16 de mayo de 2011
Ray Bradbury y sus andanzas en el Planetario de Buenos Aires.
Anda dando vueltas un viejo reportaje, hecho en un programa de radio, donde Ray Bradbury cuenta que la primera edición de su libro "The Martian Chronicles" (Crónicas Marcianas) posee ciertos poderes especiales. Una boutade, una bravata publicitaria quizás, un acto de fe.
La cuestión es que Enrique Jan, arquitecto que diseñó el Planetario de Capital Federal, sí creyó en este poder y lo utilizó para beneficiar un proyecto suyo. Contaba con la primera edición del libro de Bradbury -una suerte de talismán- que le habían traído de regalo de Nueva York.
Su proyecto para el Planetario de Palermo era demasiado osado para la burocracia municipal. Parece ser que el primer boceto contaba sólo con la esfera apoyada sobre un pilar central. Jan alegaba influencias de Frank Lloyd Wright y un funcionalismo extremo. Ningún ingeniero, los que se encargan de poner en números los planteos de los arquitectos, creía que esa esfera podía mantenerse estable. Era un desafío abierto a una ley inexorable: la ley de gravedad. Ante las quejas Jan mostraba una seguridad inquebrantable y misteriosa a la vez. Confiaba plenamente en el éxito de su diseño pero no confesaba las razones de su optimismo desmedido.
Cuentan -y aquí entramos en un terreno conjetural- que Jan tomó su primera edición de "The Martian Chronicles" y la cortó en tres partes iguales con una guillotina, colocando cada una en un punto estratégico de la obra para cubrirlos luego con hormigón. Este era el recurso infalible para que el Planetario conservase su equilibrio. Ahora se entiende su mutismo: ningún ingeniero civil estaría dispuesto a creer en ese poder.
La versión que cuenta Gustavo Nielsen, en un suplemento RADAR del año 2006, se niega a creer que el libro haya sido guillotinado y aventura la posibilidad de que el libro entero se encuentre dentro de un falso parlante de la estructura de luz y sonido del planetario. Supongo que Ray Bradbury debe haber creído lo mismo. Lo que queda por contar parece darle la razón.
En el año 1997 Ray Bradbury visita la argentina y según cuentan se mostraba encantado con los agasajos y reconocimientos pero también algo distraído, como en otra cosa. Se interesó mucho por el espacio que había entre el casquete exterior y el revestimiento interior del Planetario. Le dijeron que era un espacio bastante húmedo e incómodo en el que sólo entraban los técnicos, y en caso de necesidad. La noche se llenó de gente que quería conocer a Bradbury y éste tuvo que dejar su interés arquitectónico para otro momento.
Parece ser que ante este panorama Bradbury pergeñó una charla con escritores jóvenes de Argentina para la noche siguiente y a realizarse, obviamente, en el Planetario. Como todo fue a las apuradas pocos escritores concurrieron, hecho que no pareción entristecer ni un poco a Bradbury sino todo lo contrario. Lentamente se fueron yendo uno a uno. El último en irse fue Gustavo Nielsen que a los 100 metros del lugar notó que había olvidado su campera. Al regresar se encuentra con un panorama muy extraño. Siente unos ruidos y la voz de Bradbury maldiciendo como si estuviese dentro de la cúpula. Nielsen se sube a un bote de basura y ve a un empleado suplicándole a Bradbury que salga de ese lugar que estaba reservado únicamente a los técnicos. En el piso había un par de paneles de aluminio, parte del revestimiento interior de la cúpula, que con la ayuda de un rebenque Ray Bradbury iba tirando al piso. Muerto de miedo -y apurado porque
una señorita lo esperaba afuera- ante un Bradbury desconocido e iracundo, Gustavo Nielsen se va sin siquiera mirar atrás.
Las incógnitas que deja este relato son varias y sin respuesta. ¿Buscaría Bradbury la primera edición de su libro porque se había quedado sin ningún ejemplar o porque creía firmemente en su poder? ¿Cómo se enteró de que el Planetario de Buenos Aires podía ser uno de los lugares que escondía su preciado libro? ¿Se hubiera caído el Planetario si Bradbury encontraba sulibro y se lo llevaba?
Poco importa encontrar estas respuestas. La visita de Bradbury dejó un regalo insospechado: una historia más para alimentar nuestra mitología vernácula.
MARCELO ROSSIA
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