lunes, 16 de mayo de 2011
Ray Bradbury y sus andanzas en el Planetario de Buenos Aires.
Anda dando vueltas un viejo reportaje, hecho en un programa de radio, donde Ray Bradbury cuenta que la primera edición de su libro "The Martian Chronicles" (Crónicas Marcianas) posee ciertos poderes especiales. Una boutade, una bravata publicitaria quizás, un acto de fe.
La cuestión es que Enrique Jan, arquitecto que diseñó el Planetario de Capital Federal, sí creyó en este poder y lo utilizó para beneficiar un proyecto suyo. Contaba con la primera edición del libro de Bradbury -una suerte de talismán- que le habían traído de regalo de Nueva York.
Su proyecto para el Planetario de Palermo era demasiado osado para la burocracia municipal. Parece ser que el primer boceto contaba sólo con la esfera apoyada sobre un pilar central. Jan alegaba influencias de Frank Lloyd Wright y un funcionalismo extremo. Ningún ingeniero, los que se encargan de poner en números los planteos de los arquitectos, creía que esa esfera podía mantenerse estable. Era un desafío abierto a una ley inexorable: la ley de gravedad. Ante las quejas Jan mostraba una seguridad inquebrantable y misteriosa a la vez. Confiaba plenamente en el éxito de su diseño pero no confesaba las razones de su optimismo desmedido.
Cuentan -y aquí entramos en un terreno conjetural- que Jan tomó su primera edición de "The Martian Chronicles" y la cortó en tres partes iguales con una guillotina, colocando cada una en un punto estratégico de la obra para cubrirlos luego con hormigón. Este era el recurso infalible para que el Planetario conservase su equilibrio. Ahora se entiende su mutismo: ningún ingeniero civil estaría dispuesto a creer en ese poder.
La versión que cuenta Gustavo Nielsen, en un suplemento RADAR del año 2006, se niega a creer que el libro haya sido guillotinado y aventura la posibilidad de que el libro entero se encuentre dentro de un falso parlante de la estructura de luz y sonido del planetario. Supongo que Ray Bradbury debe haber creído lo mismo. Lo que queda por contar parece darle la razón.
En el año 1997 Ray Bradbury visita la argentina y según cuentan se mostraba encantado con los agasajos y reconocimientos pero también algo distraído, como en otra cosa. Se interesó mucho por el espacio que había entre el casquete exterior y el revestimiento interior del Planetario. Le dijeron que era un espacio bastante húmedo e incómodo en el que sólo entraban los técnicos, y en caso de necesidad. La noche se llenó de gente que quería conocer a Bradbury y éste tuvo que dejar su interés arquitectónico para otro momento.
Parece ser que ante este panorama Bradbury pergeñó una charla con escritores jóvenes de Argentina para la noche siguiente y a realizarse, obviamente, en el Planetario. Como todo fue a las apuradas pocos escritores concurrieron, hecho que no pareción entristecer ni un poco a Bradbury sino todo lo contrario. Lentamente se fueron yendo uno a uno. El último en irse fue Gustavo Nielsen que a los 100 metros del lugar notó que había olvidado su campera. Al regresar se encuentra con un panorama muy extraño. Siente unos ruidos y la voz de Bradbury maldiciendo como si estuviese dentro de la cúpula. Nielsen se sube a un bote de basura y ve a un empleado suplicándole a Bradbury que salga de ese lugar que estaba reservado únicamente a los técnicos. En el piso había un par de paneles de aluminio, parte del revestimiento interior de la cúpula, que con la ayuda de un rebenque Ray Bradbury iba tirando al piso. Muerto de miedo -y apurado porque
una señorita lo esperaba afuera- ante un Bradbury desconocido e iracundo, Gustavo Nielsen se va sin siquiera mirar atrás.
Las incógnitas que deja este relato son varias y sin respuesta. ¿Buscaría Bradbury la primera edición de su libro porque se había quedado sin ningún ejemplar o porque creía firmemente en su poder? ¿Cómo se enteró de que el Planetario de Buenos Aires podía ser uno de los lugares que escondía su preciado libro? ¿Se hubiera caído el Planetario si Bradbury encontraba sulibro y se lo llevaba?
Poco importa encontrar estas respuestas. La visita de Bradbury dejó un regalo insospechado: una historia más para alimentar nuestra mitología vernácula.
MARCELO ROSSIA
sábado, 7 de mayo de 2011
Suceden cosas - Relato de Juan Carlos Margaretich
Hace unos meses pude leer en la revista El Centón un relato de Juan Carlos Margaretich que me gustó mucho y le pedí al autor si nos lo prestaba para nuestro blog. Como dijo que sí acá lo compartimos. Espero que les guste.
SUCEDEN COSAS
Hace poco, hablando con un amigo sobre la infancia, coincidíamos en que no teníamos casi recuerdos, apenas pequeños destellos en la memoria, y presumíamos que por lo tanto, al no encontrar datos traumáticos, había sido feliz. Luego me di cuenta que en ese momento, inconscientemente, había ocultado algo. Había una escena que nunca había olvidado, seguía en mi memoria, con muchos detalles. Este es el relato:
Yo había visto su rostro en una foto borrosa de la revista “Así” (la única revista que no me dejaban ni ver ni leer). Era un rostro común, quiero decir que no tenía nada de especial, o mejor dicho nada de lo que esperaba encontrar. Había escuchado a mi madre y la señora Mc Lean decir que era un monstruo. También, en la misma página de la revista vi otra foto, era (según lo que decía al pie) de una obra en construcción donde había llevado a la víctima. Este sitio quedaba cerca de la casa que tenían mis padres en Rosario, donde pasaba todos los veranos. Había sucedido ese último verano que había estado allí. La víctima era una niña y tenía la misma edad que yo, según escuché que le comentaba mi madre a la señora de Mc Lean mientras mateaban bajo el alero. Siguieron hablando de este hecho, pero yo dejé de escucharlas, tenía ganas de ir a jugar con mis amigos. “Volvé temprano, que suceden cosas”, dijo mi madre cuando me iba. Caminé los trescientos metros hasta el casco de la estancia, preguntándome ¿Qué cosas suceden?
En el camino pasé por La Manga, vi que estaban cargando camiones con terneras y novillos rumbo al matadero. No me detuve (algo que siempre hacía), seguí camino, iba a la casa de mis amigos, y con ellos fui a jugar a "El Tinglado de los Fardos”. Allí nos encontramos con otros chicos, discutimos qué íbamos a hacer y nos decidimos por lo habitual: nos dividimos en dos grupos; “policías” y “ladrones”. Hicimos “guaridas”, las edificábamos con fardos de paja seca de los que se usaban para las “camas” de los toros. Nuestras actividades, provocaban el movimiento a nuevas posiciones de los gatos que habitaban el lugar. Había una cantidad impresionante de gatos y por lo tanto también de pulgas. “Mataba”, el que disparaba primero, pero las veces que nos “matábamos” era imposible mantenernos inmóviles (como nuestro reglamento exigía), las pulgas no lo permitían; no podías quedarte “bien” muerto. A pesar de eso, cuando me tocó, me mantuve inmóvil. Sentía las pulgas por mi cuerpo, recordé lo que hablaban mi madre y la señora de Mc Lean, pensé en la muerte, recordé el rostro de la foto, el lugar, yo había pasado por ese lugar... y quizás había visto alguna vez a esa niña. Las pulgas seguían su trabajo y si me movía me “mataban” de nuevo. Yo no quería. Había aparecido en mi cabeza la idea de que si lo repetían varias veces, podría trasformarse en real. En un momento que no vi a nadie cerca, me levanté y salí del hueco de paja donde estaba. Había oscurecido. Recordé la sugerencia de mi madre mientras me rascaba frenéticamente. Las bombitas, cagadas por las moscas, apenas iluminaban. Tenía que irme, no quería jugar más. Salí del tinglado rápidamente, sin que me vieran y caminé solo, sudado y rascándome por el casco de la estancia. Pasé por el chalet principal y la administración, los únicos lugares iluminados, y me interné en las penumbras, caminando por esa ancha calle de arena que veía ahora más blanca que nunca. Evidentemente era tarde. Volvía a mi casa por el mismo lugar que me había ido, pero rodeado de sombras, y esas sombras, a cada paso, se iban transformando en lo que el miedo me iba tallando. A mitad de camino estaba La Manga, ya no había personas ni animales. Aparentemente. Durante el día, muchas veces había jugado en ella, trepándome por las instalaciones, imaginando mil cosas agradables. Pero se había convertido en otro lugar. Veía la calle de arena blanca, ancha, y a un costado: «La manga» envuelta en la oscuridad. Por primera vez pensé en la suerte de los animales que pasaban por allí. Era posible que allí habitara un monstruo.
¡Suceden cosas! Nunca explicaban nada bien. ¿Qué es lo que no dicen? ¿Era
posible que los hechos se trasladaran de lugar? Qué era posible y qué imposible, nunca lo terminaba de descifrar. De qué forma se convertía alguien en un monstruo. Comencé a correr con todo lo que me daban los pies y sin mirar hacia La manga, como si alguien o algo pudiera desde allí hipnotizarme. Sentía como la arena me caía encima pegándose en mi cuerpo sudado mientras pasaba velozmente frente a la edificación inmóvil. Corrí, hasta que vi la luz del “sol de noche” de mi casa a unos treinta metros y comencé a frenarme. Mi corazón parecía a punto de explotar. Sentí las voces de mis padres discutiendo en el interior. Eso me tranquilizó; pero no entré de inmediato, me quedé unos minutos cerca de la puerta, rascándome, mirando hacia «La Manga» y recuperando mi respiración. Hasta que mi madre preguntó preocupada desde el interior: “¿Sos vos?”. Era yo, pero no el mismo. En el mundo sucedían cosas extrañas y brutales, cuyas causas desconocía.
JUAN CARLOS MARGARETICH
SUCEDEN COSAS
Hace poco, hablando con un amigo sobre la infancia, coincidíamos en que no teníamos casi recuerdos, apenas pequeños destellos en la memoria, y presumíamos que por lo tanto, al no encontrar datos traumáticos, había sido feliz. Luego me di cuenta que en ese momento, inconscientemente, había ocultado algo. Había una escena que nunca había olvidado, seguía en mi memoria, con muchos detalles. Este es el relato:
Yo había visto su rostro en una foto borrosa de la revista “Así” (la única revista que no me dejaban ni ver ni leer). Era un rostro común, quiero decir que no tenía nada de especial, o mejor dicho nada de lo que esperaba encontrar. Había escuchado a mi madre y la señora Mc Lean decir que era un monstruo. También, en la misma página de la revista vi otra foto, era (según lo que decía al pie) de una obra en construcción donde había llevado a la víctima. Este sitio quedaba cerca de la casa que tenían mis padres en Rosario, donde pasaba todos los veranos. Había sucedido ese último verano que había estado allí. La víctima era una niña y tenía la misma edad que yo, según escuché que le comentaba mi madre a la señora de Mc Lean mientras mateaban bajo el alero. Siguieron hablando de este hecho, pero yo dejé de escucharlas, tenía ganas de ir a jugar con mis amigos. “Volvé temprano, que suceden cosas”, dijo mi madre cuando me iba. Caminé los trescientos metros hasta el casco de la estancia, preguntándome ¿Qué cosas suceden?
En el camino pasé por La Manga, vi que estaban cargando camiones con terneras y novillos rumbo al matadero. No me detuve (algo que siempre hacía), seguí camino, iba a la casa de mis amigos, y con ellos fui a jugar a "El Tinglado de los Fardos”. Allí nos encontramos con otros chicos, discutimos qué íbamos a hacer y nos decidimos por lo habitual: nos dividimos en dos grupos; “policías” y “ladrones”. Hicimos “guaridas”, las edificábamos con fardos de paja seca de los que se usaban para las “camas” de los toros. Nuestras actividades, provocaban el movimiento a nuevas posiciones de los gatos que habitaban el lugar. Había una cantidad impresionante de gatos y por lo tanto también de pulgas. “Mataba”, el que disparaba primero, pero las veces que nos “matábamos” era imposible mantenernos inmóviles (como nuestro reglamento exigía), las pulgas no lo permitían; no podías quedarte “bien” muerto. A pesar de eso, cuando me tocó, me mantuve inmóvil. Sentía las pulgas por mi cuerpo, recordé lo que hablaban mi madre y la señora de Mc Lean, pensé en la muerte, recordé el rostro de la foto, el lugar, yo había pasado por ese lugar... y quizás había visto alguna vez a esa niña. Las pulgas seguían su trabajo y si me movía me “mataban” de nuevo. Yo no quería. Había aparecido en mi cabeza la idea de que si lo repetían varias veces, podría trasformarse en real. En un momento que no vi a nadie cerca, me levanté y salí del hueco de paja donde estaba. Había oscurecido. Recordé la sugerencia de mi madre mientras me rascaba frenéticamente. Las bombitas, cagadas por las moscas, apenas iluminaban. Tenía que irme, no quería jugar más. Salí del tinglado rápidamente, sin que me vieran y caminé solo, sudado y rascándome por el casco de la estancia. Pasé por el chalet principal y la administración, los únicos lugares iluminados, y me interné en las penumbras, caminando por esa ancha calle de arena que veía ahora más blanca que nunca. Evidentemente era tarde. Volvía a mi casa por el mismo lugar que me había ido, pero rodeado de sombras, y esas sombras, a cada paso, se iban transformando en lo que el miedo me iba tallando. A mitad de camino estaba La Manga, ya no había personas ni animales. Aparentemente. Durante el día, muchas veces había jugado en ella, trepándome por las instalaciones, imaginando mil cosas agradables. Pero se había convertido en otro lugar. Veía la calle de arena blanca, ancha, y a un costado: «La manga» envuelta en la oscuridad. Por primera vez pensé en la suerte de los animales que pasaban por allí. Era posible que allí habitara un monstruo.
¡Suceden cosas! Nunca explicaban nada bien. ¿Qué es lo que no dicen? ¿Era
posible que los hechos se trasladaran de lugar? Qué era posible y qué imposible, nunca lo terminaba de descifrar. De qué forma se convertía alguien en un monstruo. Comencé a correr con todo lo que me daban los pies y sin mirar hacia La manga, como si alguien o algo pudiera desde allí hipnotizarme. Sentía como la arena me caía encima pegándose en mi cuerpo sudado mientras pasaba velozmente frente a la edificación inmóvil. Corrí, hasta que vi la luz del “sol de noche” de mi casa a unos treinta metros y comencé a frenarme. Mi corazón parecía a punto de explotar. Sentí las voces de mis padres discutiendo en el interior. Eso me tranquilizó; pero no entré de inmediato, me quedé unos minutos cerca de la puerta, rascándome, mirando hacia «La Manga» y recuperando mi respiración. Hasta que mi madre preguntó preocupada desde el interior: “¿Sos vos?”. Era yo, pero no el mismo. En el mundo sucedían cosas extrañas y brutales, cuyas causas desconocía.
JUAN CARLOS MARGARETICH
jueves, 5 de mayo de 2011
Segunda noche del ciclo de poesía "DE AQUÍ EN MÁS" (hoy, 6/5, a las 20:30 en Panta Rei · Viamonte 1111)
Queríamos invitarlos a la segunda noche del ciclo de poesía "De aquí en más" donde leerán, invitados por revista La Guacha:
Marcela Armengod (Rosario)
Adriana Borga (Rosario)
Rolando Revagliatti (Ciudad Autónoma de Bs. As.)
José Di Marco (Río Cuarto)
la entrada es gratuita y habrá barra de bebidas y alimentos naturales. Así que para el que no tiene plan para este viernes le hacemos el convite.
En nuestra librería podés encontrar el libro de poemas de José Di Marco que edita la gente de Cartografías, una editorial amiga de Río IV que hace años viene poniéndole el hombro a la publicación de textos independientes. También tenemos varios títulos del catálogo que esta editorial está distribuyendo. Y como para muestra bien vale un botón acá les regalamos un poema de José Di Marco para que conozcan a este autor.
ENTERRADO EN GINEBRA
Agonizando en una clínica de Ginebra
Borges entendió que ya no importaban los laberintos
ni las eruditas bibliotecas ni los nombres en griego.
Que el olvido no era una metáfora
(el río perdurable, el laborioso tejido de las parcas,
la arenisca innúmera del desierto)
sino algo más preciso y definitivo
como una ciudad vacía en el invierno.
Estaba solo allí para siempre:
sin música, sin luz, sin cielo.
Se parecía a cada uno de nosotros,
mortales del rebaño terrestre,
comprendiendo tarde
que la inmortalidad del alma es esta
maraña de calles húmedas y ciegas
donde nada reverbera
y en ninguna voz suena tu nombre.
Bueno, la invitación está hecha. Espero que nos crucemos por ahí.
Saludos a la comunidad blogera.
Marcela Armengod (Rosario)
Adriana Borga (Rosario)
Rolando Revagliatti (Ciudad Autónoma de Bs. As.)
José Di Marco (Río Cuarto)
la entrada es gratuita y habrá barra de bebidas y alimentos naturales. Así que para el que no tiene plan para este viernes le hacemos el convite.
En nuestra librería podés encontrar el libro de poemas de José Di Marco que edita la gente de Cartografías, una editorial amiga de Río IV que hace años viene poniéndole el hombro a la publicación de textos independientes. También tenemos varios títulos del catálogo que esta editorial está distribuyendo. Y como para muestra bien vale un botón acá les regalamos un poema de José Di Marco para que conozcan a este autor.
ENTERRADO EN GINEBRA
Agonizando en una clínica de Ginebra
Borges entendió que ya no importaban los laberintos
ni las eruditas bibliotecas ni los nombres en griego.
Que el olvido no era una metáfora
(el río perdurable, el laborioso tejido de las parcas,
la arenisca innúmera del desierto)
sino algo más preciso y definitivo
como una ciudad vacía en el invierno.
Estaba solo allí para siempre:
sin música, sin luz, sin cielo.
Se parecía a cada uno de nosotros,
mortales del rebaño terrestre,
comprendiendo tarde
que la inmortalidad del alma es esta
maraña de calles húmedas y ciegas
donde nada reverbera
y en ninguna voz suena tu nombre.
Bueno, la invitación está hecha. Espero que nos crucemos por ahí.
Saludos a la comunidad blogera.
viernes, 29 de abril de 2011
¿Qué fue de Jorge Sanz?
Es verdad que no inventa nada y que se prende en esta moda de los documentales ¿falsos? pero también es una verdad mucho más interesante que David Trueba y Jorge Sanz lograron una serie divertidísima, inteligente, cruel y tierna a la vez.
Jorge Sanz fue el protagonista de "Belle époque", "Amantes" y "Si te dicen que caí". Un actor que con los años va perdiendo su atractivo, su rumbo profesional, sus fans. La miniserie nos lo presenta en un momento donde Sanz trata de retomar su carrera eligiendo a un vendedor de quesos como su nuevo representante (un Eduardo Antuña sublime). Junto a él comienza las negociaciones con una funcionaria bancaria que recuerda su primer orgasmo frente a una escena de "Valentina", consigue un papel como pregón medieval en un pueblo ignoto de España, arma una lista de los directores a los que hay que concederles cualquier cosa (Amenábar, Fernando León de Aranoa, Alex de la Iglesia), planean un viaje a Guatemala para filmar una película, se "compromete" políticamente en una acto de empleados de un hospital público.
Lo más interesante es la vuelta de tuerca que Jorge Sanz (ayudado con el excelente guión de David Trueba) utiliza para reinventarse. Se ríe de sí mismo, nos muestra su patetismo y el patetismo de querer ocultarlo pero en el recorrido nos deja un sabor dulce en la boca. Lejos de esas series americanas que buscan burlarse del destino de ciertos personajes antes muy famosos, esta serie nos ubica en tiempo real junto a Jorge Sanz y nos pone de su parte tratando de encontrarle la vuelta a su destino profesional. No es un héroe pero tampoco un antihéroe, o a lo mejor es las dos cosas al mismo tiempo.
El detalle de la banda sonora en manos de Darren Hayman es una muestra más del buen gusto con que se produjo esta miniserie de 6 capítulos. Darren Hayman supo encontrar el tono justo para acompañar la vida (que nos deja ver) Jorge Sanz.
MARCELO ROSSIA
Jorge Sanz fue el protagonista de "Belle époque", "Amantes" y "Si te dicen que caí". Un actor que con los años va perdiendo su atractivo, su rumbo profesional, sus fans. La miniserie nos lo presenta en un momento donde Sanz trata de retomar su carrera eligiendo a un vendedor de quesos como su nuevo representante (un Eduardo Antuña sublime). Junto a él comienza las negociaciones con una funcionaria bancaria que recuerda su primer orgasmo frente a una escena de "Valentina", consigue un papel como pregón medieval en un pueblo ignoto de España, arma una lista de los directores a los que hay que concederles cualquier cosa (Amenábar, Fernando León de Aranoa, Alex de la Iglesia), planean un viaje a Guatemala para filmar una película, se "compromete" políticamente en una acto de empleados de un hospital público.
Lo más interesante es la vuelta de tuerca que Jorge Sanz (ayudado con el excelente guión de David Trueba) utiliza para reinventarse. Se ríe de sí mismo, nos muestra su patetismo y el patetismo de querer ocultarlo pero en el recorrido nos deja un sabor dulce en la boca. Lejos de esas series americanas que buscan burlarse del destino de ciertos personajes antes muy famosos, esta serie nos ubica en tiempo real junto a Jorge Sanz y nos pone de su parte tratando de encontrarle la vuelta a su destino profesional. No es un héroe pero tampoco un antihéroe, o a lo mejor es las dos cosas al mismo tiempo.
El detalle de la banda sonora en manos de Darren Hayman es una muestra más del buen gusto con que se produjo esta miniserie de 6 capítulos. Darren Hayman supo encontrar el tono justo para acompañar la vida (que nos deja ver) Jorge Sanz.
MARCELO ROSSIA
domingo, 24 de abril de 2011
Paul Harding - "La galería del ruiseñor"
"La galería del ruiseñor" es la primera de las diez novelas con que Paul Harding (uno de los tantos seudónimos de Paul Doherty) construye su saga conocida en castellano como "Detectives Medievales".
Esta serie de novelas está protagonizada por fray Athelstan que trabaja como escriba de John Cranston, forense del rey. Paul Harding construye una típica pareja dispareja (el sensible/el insensible, el joven/el viejo, el creyente/el descreido). Ambos van resolviendo los casos en un ambiente medieval que no suena sobrecargado ni de postal. La intención de Harding es clara: la parte "histórica" de la novela jamás socava la parte "narrativa". Atrás, de fondo, está la intriga de reyes, la peste, la Torre de Londres que se hacen presentes siempre por exigencia narrativa y jamás como decorado. Y ésa quizás sea la mejor de sus virtudes.
Por otra parte, como leve defecto, puedo señalar la exposición desordenada de las pistas y el desenlace un tanto apresurado. En las últimas páginas Athelstan y Cranston nos sorprenden con sus deducciones dejándonos perplejos ante algunas evidencias que como lectores no supimos ver. Pero también es cierto que eso es casi vertebral en la literatura de enigma.
De todos modos, nada entorpece la diversión. Paul Harding desea que recordemos sus personajes y sus casos y nunca una vasta erudición. Qué lindo saber que existen eruditos que puedan entretenernos tan bien. Seguro me pondré a leer "La casa del asesino rojo" (segunda novela de la saga) ya mismo. No imagino mejor elogio de un lector.
MARCELO ROSSIA
Esta serie de novelas está protagonizada por fray Athelstan que trabaja como escriba de John Cranston, forense del rey. Paul Harding construye una típica pareja dispareja (el sensible/el insensible, el joven/el viejo, el creyente/el descreido). Ambos van resolviendo los casos en un ambiente medieval que no suena sobrecargado ni de postal. La intención de Harding es clara: la parte "histórica" de la novela jamás socava la parte "narrativa". Atrás, de fondo, está la intriga de reyes, la peste, la Torre de Londres que se hacen presentes siempre por exigencia narrativa y jamás como decorado. Y ésa quizás sea la mejor de sus virtudes.
Por otra parte, como leve defecto, puedo señalar la exposición desordenada de las pistas y el desenlace un tanto apresurado. En las últimas páginas Athelstan y Cranston nos sorprenden con sus deducciones dejándonos perplejos ante algunas evidencias que como lectores no supimos ver. Pero también es cierto que eso es casi vertebral en la literatura de enigma.
De todos modos, nada entorpece la diversión. Paul Harding desea que recordemos sus personajes y sus casos y nunca una vasta erudición. Qué lindo saber que existen eruditos que puedan entretenernos tan bien. Seguro me pondré a leer "La casa del asesino rojo" (segunda novela de la saga) ya mismo. No imagino mejor elogio de un lector.
MARCELO ROSSIA
Empezando el blog (ahora sí)
Desde que comenzamos la librería la idea de blog nos gustaba pero nos era imposible mantener. Veremos si ahora, que empezamos a sentir que la librería empieza a tomar algo de vida propia, podemos cumplir con nosotros mismos. La idea es crear un espacio de lecturas, comentarios de libros, películas y discos. Hay unos cuantos amigos que se comprometieron a ayudar así que veremos si este año sí podemos llevar adelante este blog.
martes, 8 de marzo de 2011
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